Perdida de inocencia

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Desde la ventana de su dormitorio observó hacia la noche. Sus ojos se distraían en el cielo lleno de estrellas y a veces imaginaban a los dos hermanos acercarse a él, pero cuando miraba hacia aquella dirección ya no estaban. Era como si viera espíritus, esperaba que eso no fuera una pista de lo que hubiera ocurrido con ellos. Si fuera así, todo el odio que estaba sintiendo ahora no tenía lugar, debería de estar rezando por ellos.

Ahora con diecisiete años, mantenía como costumbre esperar a ambos jóvenes de piel morena para poder hablar con ellos. Tenía la esperanza de volver a verlos sin importar si era en otro lugar y en otra forma, mas no podía seguir allí gastando el tiempo sabiendo que después de varios años no aparecieron detrás de la ventana.

Quería ver que no todo era malo; podía volver a dormir temprano en vez de hablar por horas con el mayor de los hermanos contándole su historia que tanto era deseada por este. Aunque no se pudo salvar de trabajar junto a su madre, ella estaba más feliz por su ayuda y no podía arruinar su relación con ella cuando por fin habían sido unidos por algo además de la sangre.

Al estar más cerca de ella, escuchó sus quejas. Cada vez que se dirigían a los cultivos la oía. Incluso había escuchado las veces que discutía con Gene, era como si cada día se volviera más frecuente. La promesa de ambos adultos por casarse se atrasó y, al final, terminó debilitándose todo cariño que tenían por el otro haciendo desaparecer aquella idea que en su día les pareció maravillosa. Tara le echaba toda la culpa a Mortis y sus coqueteos poco disimulados con el de piel morada y brillantes aretes.

Aunque a ellos les trajera demasiado dolor y decidieran seguir juntos solo por Sandy, llegó un momento en el que el cansado joven no sintió pena por sus discusiones, lo tomó como algo normal. Había descubierto hace dos vacíos cumpleaños que su madre y su padre no estaban enamorados. Ni siquiera era un tema que le preocupara. Después de todo, sabía que lo bueno se derrumbaba por lo que no se hizo ilusión desde el principio. Así no sería sufrido lo que perdiera.

Por ahora, lo único que valía la pena era Spike, al que le había hecho una pizarra para que pudiera comunicarse, y el hombre de pelo castaño y piel morena que había visto trabajando en los cultivos a la misma hora que él trabajaba junto a Tara.

No había día en el que no pensara en aquel joven. Arruinaba su tranquilidad, complicaba ignorar ese deseo primitivo y animal que le quedaba cada vez que despertaba de un sueño húmedo, las caricias que se daba a sí mismo cuando estaba solo no le eran suficientes para callar esa necesidad. Detestaba sentirse así y no poder hacer nada por el temor al castigo que podría recibir.

Si nadie se enteraba, nada debería de ocurrirle, pero debería de tener cuidado. Ahora, sus intensiones con Tara no eran buenas con ella, solo quería tener más tiempo para poder admirar el cuerpo trabajado del otro adolescente que lo hacía babear. Sin dejar su trabajo de lado, de vez en cuando le dirigía una mirada coqueta que esperaba no ser notada.

En el momento que sus ojos encontraban la figura del otro joven, podía sentir el deseo, mas no el amor que había experimentado solo una vez con el mayor de los hermanos que no volvió a ver jamás. No quería besos, abrazos o que lo escucharan; quería que calmaran su apetito sexual. Nada más.

De alguna forma, que aún no creía que hubiera conseguido respuesta, Tara le quitó uno de sus mayores miedos informándole de varias de las leyes y normas de ese palacio. Todo por seguir una conversación tirándole odio al vampiro. Era un alivio; no sería apedreado, perseguido, ahorcado, golpeado o cualquiera de las torturas que a la gente se le ocurriera solo por que le atrajera los de su mismo sexo.

—Para la próxima le cerraré la puerta en la cara. No dejaré que se salve así de fácil —volteó hacia su hijo notando que su mirada estaba perdida en otro lado—. ¿¡Estas escuchándome!?

Wish [Finalizada]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora