Capítulo 7

400 37 5
                                        

El papelo

-------------------------

Akatell regresó a Base gracias a una de las escobas con las que había junto a Asta y su equipo. Técnicamente podría decirse que las había robado.

Era técnicamente porque el Rey Mago la había visto llevársela y no se había quejado, pero era un objeto perteneciente a los Caballeros Mágicos privados de este, así que no sabía con qué decantarse. Pronto le dio igual cuando descubrió que ella también podía considerar un Caballero Mágico de confianza del Rey Mago. Si ellos pueden, ¿por qué yo no?, se dijo.

Cuando llegó a la Base, esta estaba completamente vacía y silenciosa. Igual que el mismo día en el que había regresado. Solo que estaba vez iba sana y salva, y no con una herida en la pierna y una cojera que no la dejaba ir sin hacer ruido al baño por las noches; había despertado más de una vez al dichoso pájaro ese de Asta por los pasillos. ¿Por qué dormía en la zona femenina y no con su dueño? Si iban a dejar que se quedara, que por lo menos le dejasen claro cuál era su lugar. Odiaba los pájaros. Y el odio era mutuo. Fuera cual fuese la situación, Yami tampoco estaba. Decidió comprobar con pruebas reales si había salido o si realmente estaba ahí pero no la escuchaba, o sí pero había decidido hacerse el gracioso para obligarla a recorrerse las siete plantas de la Base. No era la primera vez que la retaba a eso. Un método de supervivencia, decía él, para no perderse en lo más profundo de los bosques que rodeaban la Base. Una tontería, pensaba ella al escucharlo, porque la Base cambiaba la distribución de las plantas y cuartos en todo momento. Aunque eso explicaría muchas cosas.

El primer lugar al que fue a mirar fue al baño. Yami siempre estaba en el por sus problemas de estómago. O la gran mayoría de veces. Cuando no estaba ahí podía estar en dos lugares más:

El primero era la capital, en una reunión con el Rey Mago y el resto de capitanes de las Órdenes de los Caballeros Mágicos. Allí solía, según había escuchado, discutir con Jack, más que nada. Y este se defendía y acababan en algo más que una simple pelea. Aunque eso estaba demasiado lejos y el Rey Mago estaba ocupado. Así que estaba descartado. El segundo era el sótano, donde tenía encerradas a sus bestias salvajes. Akatell desconocía el lugar en el que las había encontrado, pero si de algo debía de estar segura, era que estaban más mimadas que cualquier mascota normal que se respetase. Ni un perro tenía esa suerte. Vanessa le había contado durante la larga semana de entrenamientos que ahora era Asta quien las alimentaba, y no Magna por deseo propio; al pobre muchacho le hacía ilusión. Akatell en ese momento sintió pena por Asta, y enfado al descubrir que esas bestias eran alegres. Nunca se había llevado bien con ellas, aunque desconocía cómo era al revés. Tampoco le importaba saberlo.

Por desgracia para esas bestias, Yami estaba en el primer lugar de todos. El primero al donde alguien que meramente lo conociese estaría:

El baño.


Asta estaba hablando con la niña mimada de pelo blanco y la mema chica pelirroja cuando Zora lo encontró entre todo el gentío.

Casi sentía pena por esas muchachas. El desgraciado se las sabía manejar de alguna forma para tener a dos chicas babeando por él y este no se daba ni cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Una de ellas no paraba de gritarle que era imbécil (Zora lo afirmaba en silencio) y la otra se sonrojaba cada vez que él la miraba o uno de sus miembros, por pequeño que fuera, la tocase. Zora sintió pena al verlas tan desesperadas. Pero luego recordaba que eran de la realeza y se daba cuenta de que eso que sentían por él solo era un problema del primer mundo de las princesas mimadas.

Viéndolas actuar así, orgullosas y avergonzadas por partes iguales, Zora se acordó del pacto que había hecho con la chica que los había ido a recoger en escoba, la de nariz respingona. Técnicamente no había sido un pacto real. Él solo se había dignado a estrecharle la mano a la nobleza (aunque, según ella, no era realmente de esa rama social) y a decir lo que ella quería oír. Para él no eran más que simples palabras. Cosas que alguien diría para contentar a la otra persona y que el agua volviese a su cauce. Pero no todo se arreglaba con un apretón de manos. Si las cosas fueran así, Zora tendría que darle la mano a cientos de Caballeros Mágicos, desde el primero, de cuyo rostro apenas se acordaba, hasta el último, el Santo ese de hielo que hacía poco que había vencido.

Jugando a las cartas -[Zora Ideale] [BLACK CLOVER]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora