Joel Pimentel
Otro amanecer más, otro día sin Erick.
No sé si quiero abrir los ojos, pero lo hago igual. Cada segundo que pasa siento que me consume la impotencia.
—Buenos días, ¿cómo se siente? —pregunta la enfermera al entrar.
—Bien. Listo para irme.
—Todavía le quedan unos días más.
—No, realmente no los tengo.
—¿Pimentel, me está diciendo que se va a ir?
—No, solo bromeaba. No me queda otra estando aquí adentro.
—Ah, ya me había asustado.
—Era una pequeña broma… —fuerzo una sonrisa.
—Bueno, como está mejor, ahora vendremos cada cuatro horas o un poquito más.
—Perfecto. Cualquier cosa los llamo con el botoncito, ¿no?
—Así es. ¿Tiene hambre?
—Un poco.
—En cinco minutos llega el desayuno.
Cuando se va, respiro hondo. No puedo quedarme acá. Cada minuto que paso quieto es otro que Erick pasa sufriendo.
Después de desayunar, entra Christopher.
—¿Entonces? ¿Debemos armar un plan para salir? —pregunta confundido.
—No me van a dar el alta, y no me van a dejar ir. Sabes lo estrictos que son.
—¿Y qué quieres hacer?
—Cinco puertas derecho, tres a la izquierda. Hay un vestidor que la limpiadora siempre olvida cerrar. Entra, toma una bata blanca y vuelve con una silla de ruedas.
—Estás loco. —dice viéndome asombrado.
—No es nada nuevo.
—No podré hacerlo.
—Tenemos tres horas antes de que venga alguien. El tiempo corre. —Le sonrío apenas, pero por dentro tiemblo.
Christopher Vélez
Camino por el pasillo repasando el plan. El corazón me late tan fuerte que temo que alguien lo escuche.
Llego y la puerta está cerrada. Perfecto. Miro alrededor y veo a una mujer con el carro de limpieza.
—¿Brenda?
—No, Belén.
Bien, ya empecé mal. Aunque podría ser por.
—Usted es la de limpieza, ¿verdad?
—Sí.
—Muy linda, debo decir.
Su expresión cambia al instante.
—Oh, no quiero que se lo tome a mal. —me apresuro.
—Ay no, tontito, todo lo contrario.
—Gracias a Dios…
Intento sonar tranquilo.
—Vine a visitar a mi prima. Tuvo un accidente y… necesito un baño.
—Todo derecho, al final del pasillo —dice amablemente.
—¿Y su número podría dármelo? —suelto, riendo.
—Con mucho gusto.
Aprovecho su distracción, la muevo un poco hacia el costado justo cuando pasa un carro.
—Casi la chocan.
—Ay, gracias, siempre me pasa lo mismo.
Mientras se queja, le saco la llave del carro y me despido.
—Un gusto conocerte, Belén.
—No te pasé mi número.
—Cierto, adelante. —le sonrío, pero ya estoy pensando en Joel.
Abro la puerta y entro al vestidor.
—Aquí estoy.
—Demoraste demasiado. —dice, poniendolos ojos en blanco.
—Tuve que usar mis encantos para conseguir la llave.
—Perfecto. Ponte la bata, ya estoy listo.
—¿Y ahora?
—En el estacionamiento nos espera Zabdi.
—¿Metiste a Zabdi en esto?
—Se ofreció, justo llamó. —responde sin importancia.
—Qué coincidencia.
—Cosas de la vida.
—¿Qué sigue?
—Me llevas al ascensor. No hay cámaras. Presionas el piso del estacionamiento, me dejas en el auto y te quedas guardando las cosas. Nos vemos afuera. Tengo un lugar en el centro a donde ir.
—¿Es en serio?
—Totalmente.
—Nunca me invitaste a ese lugar tuyo del centro.
—No lo uso mucho.
—Claro, lo tienes para tus encuentros.
—No, nada que ver.
—¿Seguro? —pregunto por curiosidad y para molestarlo.
—Muy.
—Está bien, vamos.
Joel Pimentel
Salimos sin que nadie nos vea. Apenas piso el aire libre siento un alivio fugaz… mezclado con culpa. Apago el celular; si llaman del hospital, ya no podrán rastrearme.
—Aquí llegamos —dice Zabdi.
—Gracias, no hace falta que me acompañen. Vayan con Jay.
—Venimos mañana —responde Chris.
—No, necesito un día para pensar. Siento que me quiebro por dentro, Chris. No puedo ni respirar sin pensar en él.
—Nosotros buscaremos información mientras tanto.
—Perfecto. Gracias. —Los abrazo fuerte— Cuídense, y pasado mañana vuelvan con mi pequeño.
—Lo haremos —dice Zabdi.
—Descansa, amigo —agrega Chris.
—Igualmente.
Entro al edificio. La recepcionista me mira sorprendida; hace años que no me veía por ahí. Aprieto el botón del ascensor y, mientras sube, siento que la calma que muestro es apenas una máscara: por dentro, ya estoy planeando cómo encontrar a Erick, aunque tenga que romper todas las reglas del mundo.
___________________ ● _______________________
En el siguiente capítulo se enterarán un poco más de la vida de Joelitoo.
Editado.
ESTÁS LEYENDO
El ruido del amor - Joerick
Hayran KurguErick nunca pensó que alguien pudiera desordenarle la vida con una simple sonrisa. Había aprendido a vivir entre reglas, horarios y silencios impuestos, hasta que conoció a Joel, el tipo que le enseñó a mirar el mundo con otros ojos. Pero amar no si...
