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Erick Colón

Un mes y medio.
Eso es lo que ha pasado desde todo aquel caos que cambió mi vida. Y, sin embargo, hay días en los que parece que fue ayer.

Empecé a estudiar. El colegio nuevo es grande, lleno de gente diferente, con historias que no conozco y risas que poco a poco se me van pegando. Me gusta la sensación de pertenecer a algo. Es lo bueno de convivir con personas que, por fin, parecen entender el valor de la calma y la madurez.

Conocí más a mi primo, y mi prima pequeña ya me dice “primo” con esa voz dulce que me desarma. No sé por qué, pero escucharla me llena de una ternura que hacía tiempo no sentía. Siempre quise tener una familia grande, de esas donde se habla fuerte, se come juntos, se discute y se ríe. Y aunque nada es perfecto, de a poco siento que lo estoy construyendo.

Mis amigos siguen siendo mi refugio. Richard, Christopher, Zabdiel, y Brendi… a pesar de la distancia, siempre están. Me escriben, me hacen reír, me empujan a seguir. Y ahora también tengo nuevas personas en mi vida: Ezequiel, Mariana y Fausto. Gente buena, de esas que aparecen cuando más las necesitás, sin que las busques.

Pero hay algo —alguien— que no logro sacar de mi mente.

Joel Pimentel.
Hace un mes y medio que no hablamos.

Los chicos me cuentan que pregunta por mí, que se interesa, pero que no quiere que yo lo sepa. Dice que debo despejarme, que necesito olvidarlo un poco. No lo dice directamente, pero lo hace.
Y aunque entiendo sus razones… ¿cómo se olvida a alguien que te cambió la vida?

He empezado terapia. La psicóloga es increíble: fuerte, empática, con una voz que te calma incluso cuando no sabés qué decir. Joey tenía razón. Me hace bien. Mucho más de lo que imaginé.

Aun así, lo extraño.
Extraño su sonrisa, su forma de enojarse cuando dejaba la puerta abierta, sus desayunos, sus películas, su forma de mirarme sin decir nada.
Extraño todo lo que era “nosotros”.

A veces me pregunto si él también me extraña, si piensa en mí cuando se despierta o cuando toma café. Si le duele este silencio tanto como a mí.
Y otras veces intento convencerme de que no importa, de que hizo lo correcto alejándose.
Pero mentiría si dijera que no me duele.

Quizás tenga a alguien más. Quizás no.
De todos modos, no puedo odiarlo. Hizo demasiado por mí, incluso cuando no tenía por qué hacerlo. No puedo dudar de alguien que me salvó tantas veces.

Respiro hondo y me levanto de la cama. Hoy es sábado. No hay clases. El sol entra por la ventana con un tono cálido y sereno.

Decido prepararme algo sencillo: papas fritas con milanesas. Mi definición de “plato gourmet”.
Me río solo mientras cocino, porque a veces la vida también es eso: pequeñas tonterías que te devuelven la sensación de estar vivo.

Pongo música. Una canción de Pablo Alborán suena suave, casi como un susurro.

“Tienes la misma culpa que tengo,
aunque te cueste admitir,
que sientes como siento,
la almohada no suele mentir.”


Y sí, la almohada no miente.
Cuando la noche llega, sigo pensando en él.

Me siento en la mesa con mi plato, el jugo de naranja bien frío, y miro la vista desde el ventanal. Montevideo se ve hermosa desde acá arriba: viva, ruidosa, imperfecta.
Pienso en todo lo que he aprendido… y en todo lo que aún no sé cómo sanar.

Agarro el celular y abro Twitter.
Hace tiempo que no escribo ahí.
Siempre fue como un diario silencioso, un lugar donde podía dejar mis pensamientos sin tener que explicarlos.

@erickcolon4

“Hay que abrirle la puerta al dolor,
para sentir y entender por qué no querés que se quede en tu casa.
El que esté libre de sufrir, que tire el corazón a la basura.”

#caos #magalitajes ♡


Lo publico.
Y, por un instante, siento que soltar las palabras también es una forma de respirar.

Me preparo un café, abro un libro, y me dejo llevar por las historias ajenas.
Siempre me gustó eso: leer, mirar por la ventana, escuchar música… sentir.
A veces pienso que el dolor también puede ser un arte, si sabés escucharlo sin dejar que te destruya.

De pronto, el celular vibra.
Un mensaje del grupo: los chicos quieren ir a cenar, salir a un restaurante.
Por costumbre, estoy a punto de rechazar. Siempre lo hago. Pero esta vez dudo.

Escribo:

“Sí. ¿Dónde?”


Y sonrío.

Tal vez eso sea crecer: entender que no podés quedarte quieto esperando a que las heridas sanen solas. Que hay que moverse, salir, vivir.
Habrá días en los que no tenga fuerzas, en los que no pueda salir de casa, en los que la lluvia me encierre.
Pero hoy no. Hoy elijo intentarlo.

Elijo vivir, aunque duela.


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Editado.

El ruido del amor - JoerickHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora