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Joel Pimentel

Desperté con el golpe de alguien en la puerta. Al asomarme, vi a la señora de la comida.

—Buenos días, su desayuno —dijo.

—Gracias —respondí, devolviéndole el carrito de ayer.

Comí rápido, hice lo mío en el baño y revisé mensajes en el celular. Le escribí a Chris: “En 10 minutos salgo”. Brenda no contestaba.

Al salir, dejé el carrito y pedí a recepción que le agradecieran a Brenda, que podía llamarme si necesitaba algo. Caminé un rato hasta que pedí un taxi hacia la casa de Chris.

—¡Joel! —me saludó Chris al abrir la puerta—. ¿Desayunaste?

—Sí, gracias.

—En cinco llega la banda de Zabdiel. Son buena gente y están dispuestos a ayudar.

—Me alegra… necesito eso, es lo único que pido.

Mientras esperaba, jugué con Jay Jay, intentando que mi mente no se adelantara al peligro que nos esperaba.

Llegaron Zabdiel y su gente. Nos presentamos: todos tenían roles claros, nombres en clave basados en colores, y un plan meticuloso.

—Blue —dijo el segundo capitán—, seré el más rápido, cortaré la luz.

—Yellow —una chica fuerte—, yo me encargaré de neutralizar al guardia del portón.

Otros se presentaron: Green, Brown, Purple, Pink, Orange, Golden, Gray. Yo sería Black; Chris y Zabdi serían los White.

Les pedí chalecos antibalas y pasamontañas; no quería improvisaciones.

—En 20 minutos todo estará listo —aseguró Zabdiel.

Horas más tarde, mientras revisábamos armas y herramientas, sonó mi celular. Era un mensaje de un número desconocido.

"No puedo creer que pidas perdón… me rompiste el corazón esa noche."

Era Mat. Sus palabras me golpearon con fuerza. Respondí con la verdad: “Te quería, lo sabes, pero tenía miedo, miedo de arruinarlo todo, miedo de que todos hablaran…”

Le conté cómo este pequeño que ahora estaba en peligro me hizo recordar que la vida no espera y que el amor hay que vivirlo. Le dije que lo seguía queriendo, pero que no sabía cómo proteger a quienes amaba.

—Joel, es hora —interrumpió Zabdiel.

Me puse el pasamontañas y sentí un nudo en el pecho. Esta era mi última esperanza, la misión para salvar a la persona que más amaba.

Llegamos a la mansión. El corazón me latía como un tambor mientras los disparos retumbaban en la noche. Avanzamos cuidadosamente hacia el sótano, siguiendo el plan. Cada paso era una mezcla de miedo y determinación.

Allí estaba, atado a una silla, con golpes visibles pero respirando. Al levantar la cabeza y cruzar nuestras miradas, me quedé sin palabras. Antes de poder reaccionar, se desmayó en mis brazos.

Horas después, estábamos en el hospital. Una amiga de mi madre, Bethany, me recibió con profesionalidad pero también con preocupación.

—Tiene golpes, nada grave, pero estuvo desnutrido y débil. Se recuperará —dijo.

—Gracias. ¿Puedo verlo?

—Cinco minutos, hasta que terminen los médicos.

Finalmente entré. Dormía profundamente, sedado, pero verlo allí, tan vulnerable, me rompía el pecho. Sus ojos se movían lentamente, y al abrirlos por completo me miró… y yo no supe cómo descifrarlo.

Lamento todo lo que pasaste… no merecías esto… ojalá hubiera estado en tu lugar… no hubo un día sin que pensara en ti… pensé, abrazándolo mentalmente incluso desde fuera de la cama.

La puerta se abrió y Bethany me recordó que debíamos controlar su estado. Salí al pasillo y respiré hondo, acompañado de Chris y Richard, intentando calmar mi corazón.

Sentado en los escalones del hospital, con Jay a mi lado, me invadió un sentimiento extraño: felicidad porque estaba vivo, pero dolor porque sabía que mi presencia podría lastimarlo más. Necesitaba dejar que se recuperara sin recordarle cada peligro vivido.

Después, entregué el dinero a la banda de Zabdiel y recogí a Jay. Al llegar a casa, puse agua y comida para él, y me di un baño rápido. El celular no paraba de sonar: familiares, médicos, amigos… respondí solo a los más importantes con un “Estoy bien”.

Y entonces sonó su voz, temblorosa, cargada de miedo y amor.

—Joel… te fuiste.

—Erick… es lo mejor para ti.

—¿Por qué?

—Porque aunque te ame, puedo lastimarte. Primero está tu seguridad.

Las palabras chocaban, pero su llanto me atravesaba el alma. Hablamos de cuidado, de amor y de sacrificio. Intenté explicarle que dejarlo no significaba no amarlo, sino protegerlo. Que aunque no estuviera físicamente, siempre estaría a su lado en espíritu, prometiéndole un futuro donde la felicidad fuera primero.

—Sé que eres un egoísta —sollozó él.

—No, mi pequeñín… quiero que vivas, que seas feliz, que encuentres paz —susurré, tratando de tranquilizarlo—. Y si el destino quiere, nos reencontraremos.

Cuando cortamos, me desplomé. Lloré como no lo hacía desde hacía años. Era la única forma de sostenerme antes de tomar la decisión de irme a otro país, de mantener la distancia por su seguridad.

Agarré mi guitarra. Siempre ha sido mi refugio, mi voz cuando no hay palabras, mi manera de expresar lo que siento:

"La verdad no sé cómo empezar…
Ya sin más te lo voy a decir
Me voy a ir, y aunque sea difícil, lo hago por ti..."

Tocaba mientras las lágrimas caían, cada nota un suspiro, cada acorde un abrazo que nunca podría darle en ese momento.

Él está vivo. Eso es lo único que importa ahora. Pensé mientras cerraba los ojos, imaginando su sonrisa y deseando que algún día pudiera explicar todo lo que sentí, todo lo que hice por él, y todo lo que aún guardo en mi corazón.

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Pues será que está por terminar :) <3

Por si quieren saber esta canción se llama "Volveré" y es de Felipe Santos ♡

Editado.

El ruido del amor - JoerickHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora