21 - Capítulo Final

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Erick Colón

Lunes.
Comienza otra semana.
La alarma suena a las seis, y por unos segundos pienso en apagarla y seguir durmiendo. Pero hay algo en el aire —quizá el verano, quizá el cielo tan limpio— que me impulsa a levantarme.

Abro las cortinas y dejo que entre esa luz brillante que inunda todo. Desde mi ventana se ve gran parte de la ciudad; el sol reflejándose en los edificios, la vida comenzando allá afuera.
Esa simple vista… me da paz.
Y en este último tiempo, la paz se ha vuelto un tesoro.

Para las siete ya tengo todo listo, aunque entro a estudiar recién a las ocho. Pongo música mientras desayuno, y suena Te esperaba, de Carlos Rivera. Qué canción tan hermosa. Me quedo escuchándola y sonrío, porque se me ocurre grabarla, subirla.
Agarro la guitarra, salgo al balcón y coloco el celular sobre un banquito. La brisa, la vista, la letra... todo parece alinearse.

Empiezo a cantar:

“Te pedí
Con mi fuerza al universo,
Te escribí en un par de versos
Que mandé volando al cielo…”


Cierro los ojos un instante. No sé si canto para mí, o para alguien más.
Pero lo hago con el corazón.

Termino, dejo la guitarra sobre la cama y me quedo mirando el video.
Antes de poder reproducirlo, entra un mensaje.

Profesor de canto:
Hola Erick, la clase de mañana se pasaría para hoy a las 18:00, ya que tengo una reunión importante y no llegaré a la hora de mañana. ¿Puedes venir hoy?


Yo:
¡Buenas, Mateo! Sí, puedo. Lo veo hoy a las 18:00. Saludos.


___

Desde que empecé con canto siento que estoy sanando pedacitos de mí. Es como si cada nota que aprendo me devolviera algo que había perdido. Y además, tengo tiempo libre; me gusta usarlo en algo que me haga bien.

El reloj marca 7:30. Debería estar por salir, pero escucho que golpean la puerta.
No espero a nadie, y por un momento pienso que quizá algún vecino vino a quejarse por haber cantado tan temprano.

Me acerco y abro sin pensar demasiado.

—Hola.

—Hola —respondo, sorprendido—.

—¿Cómo estás?

—Bien, bien… ¿vos?

—Bien. Quería verte. Hablar contigo. Creo que ya era hora… —dice en voz baja—. ¿Puedo pasar?

Por un segundo, mi mente se queda en blanco. Su voz, su presencia, ese leve temblor en su mirada.
Joel.

—Debo ir a estudiar ahora, ¿podría ser más tarde?

—¿No puedes faltar?

—¿Otra vez con responder preguntas con preguntas? —le digo, conteniendo una sonrisa.— ¿O ya olvidaste lo que hablamos?

—Sí… lo recuerdo. Y también recuerdo cada charla. Cada momento. —hace una pausa en la que me mira directamente a los ojos—
¿Vas a faltar?

—¿Y tú crees que das un buen consejo así?

—Creo que ya esperé demasiado —me mira fijo—. Puedo esperar más, pero no quiero.

Respiro hondo.
Mi corazón late tan fuerte que me cuesta disimularlo.

—Está bien, entra —le digo finalmente, haciéndome a un lado.

Y lo dejo pasar. Porque si él está aquí, ya no quiero ir a ningún otro lugar.

Nos sentamos. Le ofrezco algo de beber, pero lo rechaza con un gesto amable.
Han pasado dos meses desde la última vez que lo vi. Físicamente está igual, aunque esa barba de pocos días le da un aire distinto… más maduro, más real.
Y sí, le queda hermoso.

—¿Cómo te ha ido con el estudio? —pregunta.

—Bien. No pensé que fuera tan… tranquilo todo.

—Me alegra —dice—. ¿Has hecho nuevos amigos?

—Sí… algunos. —Hago una pausa—. ¿Y Jay?

—Muy bien. Lo dejé en lo de Chris.

—Me alegro.

El silencio que sigue es extraño.
Nos miramos, pero ninguno sabe qué decir.
Hay tanto por decir… y a la vez, parece que las palabras estorban.

—Sabes —dice de pronto, bajando la mirada—, cuando te vi sentí eso que llaman Koi No Yokan.

—¿Qué? —pregunto, riéndome.

—Nada… —responde sonriendo—. Solo quiero decirte que lamento todo lo que pasaste. Sé que no estuve cuando más me necesitabas, y créeme, eso me pesa. Pero también sé que necesitabas paz.

Hace una pausa, que se me hace eterna.

—Necesitabas encontrarte. Respirar. Y yo solo quería que tuvieras eso.

Su voz tiembla un poco. No de inseguridad, sino de emoción contenida.

—Ya era hora de decírtelo cara a cara —continúa—. Te quiero. Mucho. Me gustas, me gusta tu forma de ver el mundo, me gusta lo que aprendo de ti. Y no quiero algo pasajero, Erick. Quiero compartir años contigo, los buenos, los difíciles. No digo toda la vida —porque la vida cambia—, pero sí el tiempo que nos toque. Y si algún día termina, quiero que podamos mirar atrás y sonreír. Recordando cada momento lindo vivido.

Lo escucho. Cada palabra entra suave, pero profunda.
Siento los ojos humedecerse, pero sonrío.

—Entiendo —digo despacio—. Y sí, creo que necesitaba ese tiempo para mí.
A veces uno se esfuerza tanto por conocer a los demás, que se olvida de conocerse a uno mismo. Y al final, nadie se conoce del todo.
Vivimos cambiando.

Hago una pausa y suelto una risa leve.

—“Pero”... qué palabra de mierda, ¿no? —digo, y él se ríe también.—Creo que es momento de un nuevo camino. Y quiero que, en ese camino, estés tú. No para remediar el pasado, sino para disfrutar lo que viene. Porque el presente es hoy. Y hoy, te elijo.

Joel me mira en silencio.
Su sonrisa… esa sonrisa.
La misma que siempre me desarma.

—¿Todo ok? —pregunta.

—Sí —respondo con una calma que me sale del alma—. Todo ok.

Nos quedamos así. En paz.
Como si el tiempo, por fin, se hubiera puesto de nuestro lado.

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Un final corto, con muchas cosas para pensar, y una canción que les dejo que me encanta! 😻

Koi No Yokan:

Es el sentimiento que tienes cuando conoces a alguien y sabes que te vas a enamorar perdida e irremediablemente de esa persona.

Editado.

El ruido del amor - JoerickHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora