Setenta y cuatro

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Tom estaba solo en casa ese día, bebiendo en su habitación mientras veía televisión. La obra había finalizado hacía varios días y no tenía nada que hacer, al menos por un tiempo. Había rechazado varios proyectos con la intención de estar más en casa, pasar tiempo con Amelia, aprovechar sus vacaciones y hacer todas esas cosas que había planeado junto a ella. Pero Amelia se había marchado y todos aquellos planes quedaron suspendidos en el aire, dejándolo en completa soledad.

La verdad era que cada día caía un poco más rápido, en picada hacia el abismo. Cada botella de licor vacía parecía pesarle más, jalándolo con mayor velocidad hacia el fondo. Aun así, no se detenía. Beber era lo único que sentía que le ayudaba en aquellos momentos.

De sopetón, tocaron a su puerta un par de veces.

—Estoy ocupado. —murmuró.

—Señor, no es mi intención interrumpirlo... —habló Omar desde fuera—. Pero el señor Kane insiste en verle; ya le he dicho que usted no desea visitas, y aun así ha entrado de todos modos...

—Dile que se vaya... —articuló Tom con hosquedad.

Escuchó cómo forzaban la perilla de la puerta, pero sin ningún resultado, ya que estaba con seguro.

—Thomas William Hiddleston. —escuchó la profunda voz de Julius—. Si no me dejas pasar, derribaré esta maldita puerta ahora mismo.

—Vete de aquí, no quiero hablar contigo. —respondió el actor.

—Thomas... —murmuró cansado—. Déjame entrar, por favor...

El inglés se levantó con dificultad y caminó hasta la puerta, abriéndola con rabia mientras trataba de enfocar a Julius con la mirada.

—Vete de aquí, Omar... —murmuró el rubio—. Tengo que hablar con mi amigo.

El chico obedeció de inmediato, mientras que Kane entró a la habitación y cerró la puerta detrás de él.

—No soy tu amigo. —habló Tom sentándose en la cama, para volver a centrar su atención en la televisión.

Julius tomó el control y la apagó.

—Pero soy lo más cercano a uno que puedas tener. —dijo con seriedad—. No diré las cosas como te gusta escucharlas; te las diré de la manera en que necesitas oírlas.

—Estoy bien... —farfulló el actor.

Fallidamente, Julius trató de no reír.

—¿Cuándo fue la última vez que tomaste un baño? —inquirió el manager.

El intérprete pensó por algunos segundos.

—El viernes... —musitó.

—¿El viernes pasado? —interrogó Julius alzando las cejas.

—Fue un viernes...

—Tom... —reclamó el rubio.

—No sé cómo seguir sin ella... esa es la verdad... —murmuró bajando la mirada—. Construí mi vida alrededor de Amelia, y ahora que ella no está, no sé cómo seguir...

—¿Sabes a qué me suena todo eso? —preguntó Kane.

—No lo digas...

—Lo diré.

—No, Julius.

—Tienes cita a las tres, así que te bañas y te vistes decentemente ahora mismo... —habló Julius poniéndose de pie—. Su nombre es Harold Petroch, quizás has escuchado su nombre. Es uno de los mejores psicólogos del Reino Unido.

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora