Setenta y nueve

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La época de fiestas pasó rápida y tranquila para Ben y Amelia. La Navidad la pasaron únicamente en casa, sin grandes celebraciones ni demasiadas pretensiones, aunque ambos se esforzaron por hacer de aquella jornada algo especial. Cocinaron juntos, vieron películas hasta tarde y se quedaron despiertos buena parte de la noche conversando de cualquier cosa que consiguiera mantenerlos alejados de sus preocupaciones. Para Año Nuevo, en cambio, decidieron abandonar por unas horas el encierro del piso y salieron a ver los fuegos artificiales junto a las miles de personas que se aglomeraban en las calles de Londres.

Amelia disfrutó especialmente de aquella noche. El Año Nuevo siempre había tenido para ella un significado mucho mayor que la Navidad, y por un rato consiguió olvidar que no tenía trabajo, que su futuro en Inglaterra todavía era incierto y que en pocas semanas tendría que casarse con el hombre que caminaba a su lado. Se limitó a observar las luces sobre el cielo y a escuchar las quejas de Benedict por la cantidad absurda de gente que los rodeaba. A él no parecían agradarle demasiado las multitudes, pero había aceptado acompañarla sin poner más resistencia que un par de comentarios desagradables sobre los turistas.

El resto de los días libres los aprovecharon al máximo para trabajar en la conjetura de Poincaré. Habían cubierto buena parte de una pared con anotaciones, flechas y fórmulas que solo ellos parecían comprender, y las discusiones podían extenderse durante horas sin que ninguno estuviera dispuesto a ceder. Algunas noches terminaban convencidos de haber avanzado considerablemente; otras, después de borrar media pizarra, llegaban a la conclusión de que habían pasado cinco horas trabajando para regresar exactamente al punto de partida.

Amelia tampoco consiguió empleo durante aquellas semanas. Había dejado currículums en cafeterías, restaurantes, tiendas y prácticamente cualquier lugar donde creyera que podían contratarla, pero su situación seguía siendo demasiado incierta para la mayoría. Así que se limitó a pasar los días en casa, tratando de conservar su cordura con máximo esfuerzo. Ordenaba el piso, cuidaba a Nelly y sus pequeños, cocinaba y trabajaba en Poincaré cada vez que podía, aunque ninguna de esas cosas conseguía quitarle completamente la desagradable sensación de estar estancada.

El dinero, por su parte, comenzaba a convertirse en un problema cada vez más difícil de ignorar. Estaban atrasados en algunas cuentas, incluyendo la renta, y Benedict intentaba estirar su sueldo tanto como podía. Por esas mismas razones, el intercambio de regalos durante la mañana de Navidad había consistido en una lata de Dr. Pepper de Ben hacia Amelia y una pequeña caja de Earl Grey de Amelia hacia Ben. Ambos habían fingido solemnidad al entregarlos, como si se tratara de obsequios extremadamente costosos, y Amelia incluso había prometido conservar la lata vacía como reliquia familiar.

A pesar de los inconvenientes, mantenían la calma con la idea de que todo mejoraría. Después de todo, su matrimonio sería pronto y, una vez que pudieran instalarse en la antigua casa de los Cumberbatch, al menos dejarían de preocuparse por la renta. Eso no solucionaría todos sus problemas, pero les daría un poco más de espacio para pensar qué hacer después. Por ahora, Amelia tenía una preocupación bastante más inmediata.

—¿Debería utilizar un vestido? —preguntó mientras se miraba al espejo.

Benedict estaba sentado al borde de la cama, todavía con el cabello desordenado y los ojos cargados de sueño, intentando atarse los cordones de los zapatos.

—Es un matrimonio civil, no creo que sea necesario... —masculló sin mirarla.

—Debe verse creíble... digo, hay mucha gente que se casa por conveniencia...

—Ese comentario no ayuda demasiado a nuestra situación.

Amelia se volvió hacia él.

—Sabes a qué me refiero.

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora