Setenta y tres

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Amelia terminó el semestre en el Imperial College London y, con ello, comenzaron finalmente sus vacaciones de Navidad. Las últimas semanas habían transcurrido con relativa tranquilidad y, después del episodio con Benedict, Tom no volvió a aparecerse por la universidad ni una sola vez. Aquello había sido un alivio. En lo profundo de sí misma, Amelia agradecía que Ben lo hubiese puesto en su lugar, aunque para ello hubiera tenido que recurrir a los golpes.

Las consecuencias, sin embargo, habían sido bastante menos agradables para Benedict. Después de ser despedido del Imperial, tuvo que aceptar el primer empleo que encontró: mesero en un restaurante. El brillante Benedict Cumberbatch era ahora un camarero que trabajaba prácticamente de sol a sol, saliendo de casa al amanecer y regresando cuando ya había oscurecido.

Aquel trece de diciembre, último día de clases de Amelia, Benedict consiguió ir a buscarla al Imperial en su motocicleta. Había tenido que cambiar el turno con uno de sus compañeros y tendría que devolverle el favor al día siguiente, quedándose hasta más tarde, pero no le importaba en lo absoluto.

—¡Ben! —exclamó Amelia con una sonrisa mientras caminaba hacia él.

—Buenas tardes, señorita Kuznetsóva... —saludó el inglés con cierta solemnidad—. He venido por usted con la intención de llevarla a cenar.

Amelia lo observó durante un instante.

—¿Chipotle?

—Chipotle —confirmó él, sonriendo.

Benedict le extendió el casco rojo y, pocos minutos después, ambos se alejaban del Imperial en la motocicleta rumbo a Covent Garden.

Como ya se había vuelto costumbre, terminaron haciendo fila para comprar sus burritos habituales. No tenían intenciones de quedarse a comer allí; buscarían alguna banca en un parque cercano y cenarían juntos al aire libre, repitiendo aquel pequeño ritual que, sin que ninguno lo hubiese planeado, se había convertido en una de sus costumbres favoritas.

—Cuenta compartida, espero. —dijo Amelia cuando estaba por llegar su turno.

—No esta vez... —respondió mirándola—. Es tu último día de clases hasta enero. Déjame pagar a mí en esta oportunidad...

Ella sonrió de lado, aunque con tristeza.

—¿Qué sucede?

—Nada...

—No me mientas, sé que algo te pasa...

Ella bajó la mirada y se limitó a hacerle un pequeño gesto, indicándole que se lo contaría después. Ben no insistió. Cuando llegó su turno, pidieron sus burritos y bebidas y, una vez que él pagó, abandonaron el lugar sin decir demasiado. 

Caminaron uno junto al otro durante algunos minutos, hasta llegar a una pequeña plazoleta que a esas horas permanecía iluminada y llena de vida. Solo entonces buscaron una banca donde sentarse, todavía acompañados por aquel extraño silencio que se había instalado entre ambos.

—Entonces... ¿me dirás qué pasó? —cuestionó un cansado Ben.

Amelia suspiró y, sin encontrar otra forma de explicarse, metió una mano en el bolsillo y sacó un papel arrugado que le extendió a Benedict. Él lo desdobló con cuidado y recorrió su contenido con la mirada. Cuando terminó de leerlo, alzó lentamente los ojos hacia ella, completamente desconcertado.

—No... —la observó frunciendo el entrecejo—. Amelia, no...

—Es lo que tenía que hacer... —murmuró triste—. Tenía que suspender mis estudios, no puedo pagarlo, y no voy a dejar que Tom lo siga haciendo, no quiero nada que venga de él...

Panacea Universal (EN EDICIÓN)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora