Capítulo IV

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Capítulo IV

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Capítulo IV

Cuando Wanda despertó a la mañana siguiente, el olor a tocino frito y a galletas inundó sus fosas nasales. Desde que era una niña muy pequeña que no sentía aquel aroma tranquilizador y cálido, ni la sensación de un hogar. La señora Rogers había sido un encanto con ella. Le había mostrado la que sería su habitación, amplia y llena de luz natural. Tenía su propio baño y completa privacidad. Por un momento, pensó en quedarse en la cama toda la mañana. Después de todo, no tenía mucho que hacer, no podía salir sola a ninguna parte ni comunicarse con nadie. Tenía prohibido usar los teléfonos y el correo, pero no se quejaba. Era el precio de su seguridad. De todos modos, no tenía con quién hablar.

Sus tíos en Boston la habían recibido sólo por deber. Nunca la habían maltratado, pero tampoco le habían mostrado cariño de ninguna forma. Vivían temerosos de que un día los Rostokov la encontraran y les hicieran lo mismo que habían hecho con la familia biológica de Wanda. Por ello, no le permitían salir, ni tener amigos. Había vivido prácticamente prisionera en la casa de aquellos parientes lejanos y adustos por más de seis años, creando a su alrededor una coraza que la protegía del exterior, a base de distancia y desconfianza. Contempló el techo, hundida en las mantas y suspiró pesado. Quizás sí debería quedarse en la cama.

Un discreto golpe en su puerta la hizo incorporarse.

– ¿Estás despierta, linda? – la señora Rogers asomó la cabeza por el resquicio de la puerta y sonrió ampliamente al verla– Date un buen baño, cariño. El desayuno está casi listo.

La mujer salió del cuarto tan rápido como había aparecido y la chica sacudió la cabeza, sonriendo sin poder evitarlo. Tras una breve ducha, salió del baño y se dirigió a la cocina, distraída. Estar en esa casa era como volver a su más tierna infancia. A los momentos en que fue feliz, realmente feliz... si tan sólo hubiera sabido lo que le esperaba, hubiera vivido de otro modo. Daría lo que fuera por un abrazo de su madre, sólo uno. O por sentir el aroma de la colonia de su padre. O por escuchar la risa escandalosa y limpia de su hermano. Lo que más la llenaba de tristeza, era que ella fue feliz, realmente feliz y nunca se dio cuenta hasta que todo se desmoronó a su alrededor.

La muchacha entró a la cocina y un par de brazos la rodearon, brindándole un breve pero cálido abrazo. Wanda quedó de una pieza, sin saber si corresponderlo o no. Se quedó congelada, mirando a la señora Rogers como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

– Siéntate, siéntate, linda. Te serviré algo delicioso– exclamó la mujer y ella obedeció en silencio, sintiendo un peso extraño en el pecho.

Los brazos de la señora Rogers eran tan cálidos como los de su madre y por un momento, la mujer había derribado sus defensas.

– Buenos días, Wanda– saludó el señor Rogers y le puso un tazón con café por delante, ganándose una mala mirada por parte de su mujer.

– No deberías darle café, Joseph. Es una niña– le regañó y Wanda no pudo evitar soltar una risita.

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