Era miércoles y todo parecía bastante normal y tranquilo. Hugo caminaba con las manos en los bolsillos por las calles de Córdoba, la oscuridad de los días de invierno lo acompañaba en su paseo. Todo estaba tranquilo. Se cruzaba con algunos conocidos e intercambiaba saludos y sonrisas. Lo típico de un día normal. Aunque la normalidad no dura eternamente.
Llegó a un portal y abrió la puerta. Subió las escaleras rápidamente y al llegar al rellano intentó recuperar el aliento. Antes de que pudiera sacar las llaves, la puerta se abrió y un chico más joven que él lo miraba divertido.
- ¡Mamá! Ya ha llegado Hugo - gritó el joven.
- ¡Hola mamáááá! - gritó el rubio también mientras cogía por los hombros a su hermano pequeño. Una cabeza de repente asomó por el pasillo. Era su madre que los miraba a ambos con ternura.
- Hola cariño - respondió ella efusivamente. - ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo?
Hugo caminó por el pasillo sin despegarse de su hermano, revolviendole el pelo, jugando con él. Ambos llegaron a la cocina donde su madre estaba preparando la cena. Cerró los ojos y por un momento se imaginó que nada había cambiado. Que él seguía siendo un chaval normal, que vivía aún con ellos, que ahora mismo acaba de llegar de echar unas cervezas con los colegas. Al volver a abrirlos la realidad le golpeó. Ya nada era como antes, aunque seguían manteniendo esas pequeñas cosas.
- Ayudadme a poner la mesa, va - ordenó la madre.
- Ya vamos - dijo Rafa con poco entusiasmo.
- Venga, illo, con un poco de brío - rió Hugo.
Entre risas los dos pusieron la mesa en el salón, como muchas otras veces. Cuando acabaron, los tres se pusieron a cenar entre conversaciones triviales. Hugo sabía que debería contarles que, a partir de ese momento, su vida iba a confluir entre Córdoba y Barcelona. Pero no encontraba el momento adecuado. Se sentaron los tres en el sofá y encendieron la televisión. Habían quedado para cenar y ver la primera gala de Operación Triunfo, desde que él había salido de La Academia era una especie de ritual que habían compartido todas las ediciones. Las noches de los miércoles eran sagradas, siempre y cuando el trabajo se lo permitía.
La gala estaba yendo bastante bien, los concursantes eran buenos y el reparto de temas había sido muy conveniente. Como siempre, entre canción y canción, los chicos charlaban con Roberto y comentaban cómo les había ido la semana. Hugo recordó cuando era él el que estaba en ese plató y sonrió. Una de las cosas que más le gustaba de poder ver el programa era revivir todo aquello sin tener la presión de tener que defender una canción cada semana.
- Y ya va siendo hora de ... - decía Roberto. - ... conectar con La Academia.
Apareció otra pantalla en la que se veía a todos los profesores en el salón del comedor. Y allí, en el centro, estaban Anajú y Flavio. Guapísimos, sonrientes, tranquilos. La madre de Hugo lo miró, para observar su reacción al ver aquella escena, y él le devolvió la mirada.
- ¡Hola Anajú! ¿Qué tal? ¿Cómo estáis viendo la gala? - preguntó Roberto
- Hola Roberto, buenas noches - contestó la chica. - La verdad es que muy bien, estamos muy contentos. Hay cosas que mañana revisaremos en el repaso de gala... pero sí, contentos.
La conversación siguió pero el chico de los ojos nácar estaba ensimismado en la tele. Solo las palabras de su madre lo sacaron del letargo:
- Cómo me gusta esta chica, de verdad.
- Siempre ha sido tu preferida - rió el rubio. Su madre asintió con la cabeza y rió con él. - ¿Te acuerdas de cómo me recibiste en casa cuando volví de La Academia?
- Que si me acuerdo... ¡Claro que me acuerdo!
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La Directora
RandomAño 2030. Han pasado diez años desde que la edición más icónica y surrealista del talent show acabara. Y la vida después de eso continua, aunque no lo parezca. Pero a veces el tiempo te sorprende y te vuelve a poner en el mismo lugar, cómo si quier...