1. Después de tanto tiempo

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El sol parecía empezar a ocultarse dejando a la vista colores azules y anaranjados. Billie O'Connell miraba atenta desde el patio de su casa a un grupo de niños jugando en la avenida, por un momento se imaginó nuevamente como la niña que fue hace tiempo. Cuando sus padres le permitían salir a jugar al patio después de sus clases y su hermano Finneas se le unía un tiempo después, ambos pasaban el día haciendo de todo hasta que llegaba la noche y caían rendidos en sus camas, no sin antes de que su padre tocara algo de música para ellos.

Uno de lo niños sostenía la pelota y corría a lo largo de la calle, abriéndose paso empujando y arremetiendo contra los demás chicos sin darles oportunidad alguna de acercarse al balón. Hasta que, una niña de cabello castaño, a la que antes él había empujado, fue lo bastante valiente para hacerle frente,  lo hizo tropezar poniéndole el pie. De un momento a otro, le arrebató la pelota y ella echó a correr dejando al pequeño llorando en la calle.

A Billie le pareció gracioso y algo cruel «¿así era yo de pequeña?» Pensó y rió. Se mecía en la banca colgante de su patio de atrás hacia delante moviendo una de sus piernas rápidamente en la silla.

Aquel niño no paraba de llorar y estaba empezando a alterar a todo el vecindario, incluyendo a Billie. Salió de su casa para acercarse al niño y se arrodilló frente a él.

— Ya no eres tan rudo, ¿eh?.— dijo. El niño se detuvo a mirarla.— Esta bien llorar ¿sabes?, supongo que de alguna manera te lo merecías, vamos levántate.— extendió la mano y el niño la tomó.— Ahora— se arrodilló—, tú decides si seguirás llorando o irás con tus amigos y seguirás jugando como si nada hubiera pasado.— le secó las lagrimas.

— Pero ella me lastimó.— dijo el niño entre lágrimas.

— Y tú antes la lastimaste a ella, supongo que obtienes lo que das ¿verdad?.— sonrió.— Vamos, ve y discúlpate con ella, te aseguro que después hará lo mismo contigo.— lo animó.

El niño se apartó de ella, corrió hacia los demás y se detuvo enfrente de la niña.

Billie miraba atenta, el pequeño se mostraba tímido y cabizbajo, pero en un momento ambos niños se abrazaban y comenzaban a jugar juntos nuevamente, lo que causó en Billie una sensación de alegría, nada podía ser más tierno que eso «Definitivamente yo no era así» se dijo así misma. Se levantó y siguió mirando.

— ¡Hey Bill!.—dijo Finneas asomándose por la ventana de la cocina.— Entra ya, es hora de la cena.— Billie vaciló dando un saltito por el susto y regresó a la casa.

— ¿Pizza otra vez?.— mustió entrando en la cocina.

Finneas alzó las cejas y sonrió.

— Me tomé la libertad de preparar algo especial.

— ¿Y con eso te refieres a que no quemaste la cena?.— se burló.

—Bueno, si no quieres cenar con gusto me comeré tu plato.— se defendió.

— Estoy jugando, no seas llorón.— sonrió

Finneas negó con la cabeza,  sirvió dos platos de spaghettis y los dejó sobre la mesa.

— Ah, por cierto, esto estaba en el buzón. Es para ti.— señaló entregándole un sobre, Billie lo tomó y se sentó frente a la mesa.

— ¿Quién sigue enviando cartas en estos tiempos?.— miró el sobre en sus manos.

Finneas se encogió de hombros y se sentó frente a su hermana listo para comer.

— ¿La leíste?.

— No, ¿por que  lo haría?.

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