Capitulo 4

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El dulzor en el aire, al igual que una cálida sonrisa, me dieron la bienvenida aún nuevo día

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El dulzor en el aire, al igual que una cálida sonrisa, me dieron la bienvenida aún nuevo día. Al notar que estaba despierto, está se hizo más grande. Miró mi plato de comida, seguramente esperando a que se enfriará para que pudiera tomarla y entregarmela.

—Buenos días pequeño. ¿Que tal dormiste? Por lo que veo bien. Dormiste demasiadas horas.

—¿Horas?.

—Asi es. Estoy aquí desde hace cuatro horas, esperando a que despiertes. Incluso tu comida ya está helada.

Observé el alimento dentro del plato, ahora que lo decía, está estaba tomando un color amarillo verdusco. Si antes no se veía apetecible, ahora era un horror. Mi estómago gruño por el hambre. Me odie por tener que comerla, por mucho que no quisiera hacerlo, debía hacerlo sino quería desmayarme de hambre. Resignado acerque la cuchara llena de contenido a mi boca. El sabor, era mil veces peor. Sabía a mierda, quise vomitarlo.

—Por mucho que desee evitarte esa tortura, no puedo hacerlo pequeño. Tu comida contiene grandes nutrimentos y proteínas que tú cuerpo en crecimiento necesita.—el científico hablo.—Durante el tiempo que estuviste dormido, la revise para verificar que no comas algo dañino.

Tragué con pesar la comida. Raspaba con filo mi garganta, y quemaba al pasar en dirección a mi estómago. Trataba de no olerla o terminaría por ceder y lo expulsaría fuera de mi organismo. Finalmente después de lo que me pareció toda una vida de martirio, terminé de ingerir esa asquerosidad. A veces pensaba que realmente era el vómito de algún enfermo.

—Lo hiciste bien, pequeño.—trato de tocarme. Pero, al final se detuvo.

Regresé al suelo, el plato sucio y desgastado con el que tomaba mi desayuno todos los días. Desde que había llegado aquí, nunca a sido lavado o aunque sea limpiado con un trapo, simplemente les importaba una mierda si adquiría una infección por la mala higiene en mi alimento. Sabía que nunca había sido siquiera limpiado por un trapo, por la mancha que tenía alrededor. Esa la había provocado yo cuando recién ingresé. Vomité en el plato, y por más que quise limpiarlo con la tela rota que utilizo de sabana, no desapareció. Aún ahora está estaba en él, como si fuera reciente.

El científico llamo mi atención con una pequeña mueca en su rostro.

—Ahora hoy, ¿Me dirás tú nombre?.

Nuevamente le mostré la placa detrás de mi, que tenía mi nombre e información necesaria. De igual forma al día anterior, el negó, esperando a que fuera yo quien se lo dijera.

—¿Cuántos años tienes?.

Silenció en el lugar y en mí. Suspiró profundamente.

—¿No piensas hablar?.—Su mirada fue compresiva.—No debes de preocuparte, no te haré daño, solamente quiero saber cosas necesarias para tu tratamiento.

RED | EunhaeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora