Kenai.
«Fue un error. Estaba borracha», recordaba las palabras de Eris una y otra vez.
Sentía una ligera presión en el pecho y un extraño dolor en mis entrañas, el mismo que sentí cuando mi madre se fue, cuando Sabrina rompió conmigo, cuando me separaron de Rafa en el hospital, cuando Miguel se marchó después de nuestra discusión o cuando al despertar aquella mañana en el hotel Eris ya había desaparecido. Era similar al efecto de vacío y frío que deja un buen abrazo al deshacerse. Lo identifiqué, era esa sensación de abandono que tanto odiaba experimentar.
No entendía por qué había llegado a ese punto con Eris. No nos conocíamos, solo nos habíamos acostado una noche y la despedida ya se me había atragantado, dejándome un sabor amargo en el paladar. Ahora tampoco la conocía, tal vez un poco más que antes, pero es que ella no me dejaba ir más allá. ¿Por qué me afectaba tanto entonces? ¿Por qué provocaba ese efecto de soledad en mi interior cuando se desprendía de mí? ¿Por qué me dolía su indiferencia y sus idas y venidas? No éramos nada, solo un lío de una noche que Eris ya había olvidado y que yo debía de superar para no acabar loco.
Lo de anoche fue un error. Los dos estábamos cachondos y ella borracha, en otras circunstancias aquello no habría pasado. Porque si ella hubiese estado sobria, no me hubiese hecho esa propuesta. Y si yo hubiese sabido que estaba ebria, no hubiese aceptado.
Solté un sonoro suspiro y enterré la cara entre mis manos.
«Acéptalo, Oliver. No hay nada que hacer».
Deslicé los dedos por mi pelo y los enredé en los rizos revueltos que gobernaban mi cabellera. Tironeé hacia atrás de ellos mientras que mis ojos se mantenían fijos en algún punto del suelo, perdidos a la espera de que mi mente decidiera que ya era momento de prepararme algo de desayuno. Había estado sentado en mi cama un par de horas dándole vueltas al tema sin cesar, me encontraba mal y no tenía ganas de nada.
Bufé y me palmeé el rostro para despertar del trance en el que me había sumido. Acto seguido miré la ventana por la que había estado manteniendo contacto con mi vecina y decidí que ya era suficiente, por lo que me puse en pie y me dispuse a cerrarla. No volvería a abrirla si Eris andaba cerca, por muchas ganas que tuviese de verla, de hablar con ella, de picarla o de intentar hacerla reír. Nada.
—Mierda... —murmuré y presioné la frente contra el cristal—. Esto es una jodida mierda...
Y lo peor era que me había advertido de cómo iba a acabar.
«Ahora a joderse».
El timbre sonó y mi corazón pegó un vuelco al mismo tiempo que brinqué hacia atrás por el susto. Miré como acto reflejo hacia mis tobillos, asegurándome de que el localizador se encontrara en el lugar correcto. El tal Diego me había creado trauma desde su broma.
Me encaminé hacia la entrada y con una leve taquicardia, abrí la puerta. No obstante, no era el policía que le susurraba a los agapornis el que estaba al otro lado del umbral, sino Sabrina; venía con sus trenzas recogidas en un medio moño. Ella sonrió al verme y alzó los brazos para mostrarme las bolsas de plástico que traía consigo.
—Te traigo la compra —informó—. Cien por ciento vegana. Miguel me ha puesto al tanto.
—¿Segura? —Arqueé una ceja.
—Que sí, que me he leído cada letra de cada producto para asegurarme.
—No sé si fiarme...
—Fíate, del que no debes fiarte es de Miguel —rio—. Me ha contado lo de las chuches también, sí. Y que le perseguiste por la calle durante media hora intentado atizarle con la zapatilla. ¿De verdad crees que me voy a arriesgar a eso?
ESTÁS LEYENDO
Tangente
RomanceEris sigue un método tangencial inquebrantable en sus relaciones hasta que el chico detrás de una de ellas despierta las mariposas que ella insiste en vomitar. * Para Eris, las historias amorosas son matemáticas. Líneas o curvas que se encuentran, q...
