Capítulo siete

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—     Deberíamos volver. — me dice rompiendo el silencio. Aún tiene la mejilla apoyada en mi pelo.

—     Sí, deberíamos. — Lo abrazo más fuerte. Siento más que veo su sonrisa.

—     Tienes un perfume hermoso.

—     Champú aroma a fresas número cinco.

—     ¿Número cinco? — Pregunta, extrañado.

—     Sí. No sé, me salió. — Respondo, dando una risita al final.

Se ríe  mirando hacia el cielo y rompe a regañadientes nuestro abrazo, pero no me suelta la cintura. Yo tampoco lo suelto. Baja la mirada hacia mí.

—     En serio, deberíamos irnos. Está por ser la hora de salida del instituto.

—     Entonces nos quedan cómo veinte minutos. — No quiero soltarlo ni irme. Me siento estupenda aquí, entre sus brazos.

—     De repente te vuelves tan tierna… — Levanto la mirada y observo que le brillan los ojos y me sonríe tímidamente.

—     ¿Tierna? — Pregunto, extrañada.

—     Sí, tierna.

—     Me gusta esta sensación, nunca la había sentido.

—     Creo que aquí, además de tú y yo, nadie la sintió.

Le dedico mi sonrisa más jubilosa, lo suelto a regañadientes y le tomo de la mano para así ir en busca de las bicicletas. Cuando estamos subiéndonos a nuestras bicicletas, me pregunta:

—     ¿Qué decidiste al final?

—     ¿Respecto a qué?

Me sonríe con perversión, y no sé por qué, pienso que estamos hablando de otra cosa.

—     Respecto a lo de ir a lo de Claudio.

—     Mientras tú vayas, yo iré. — está chorreando júbilo.

—     Bien. — Me sonríe y sube a su bicicleta.

Salimos del bosque y nos encaminamos a nuestras casas. Cuando llegamos a la rotonda, me doy cuenta que se está dirigiendo a la calle a nuestra izquierda y yo me estoy dirigiendo a nuestra derecha. Cuando llega el momento de despedirnos, siento repentinamente la tentación de bajar de la bicicleta y abrazarlo, pero luego recuerdo que está prohibido y que están las cámaras de vigilancia observando. Miro a Tobías y noto que mira nerviosamente a las cámaras, luego vuelve la vista hacia mí, me sonríe y se despide con lo típico del lugar:

—     Adiós. — Sus ojos brillan con cierta ansiedad por no poder decir más.

—     Adiós. — Noto que mi voz tiene cierta ansiedad también.

Nos dedicamos unas miradas que cierran millones de palabras, y antes de darme la vuelta, me guiña el ojo y se vuelve, para así seguir camino.

¡Oh, dios mío, Tobías acaba de guiñarme el ojo! Doblo hacia la derecha y me dirijo hacia mi casa.

—     Hola de nuevo, mamá. — tiro mi mochila al sillón individual que se encuentra a mi lado y camino hacia la isla, donde mi mamá está apoyada, sentada en la banqueta blanca, leyendo un libro sobre “Cómo conseguir una buena cosecha”. Claro, ella es agricultura.

Levanta la vista de su libro y me sonríe. Cierra el libro y se levanta.

—     Hola, hija. — Me mira de pies a cabeza—. ¿Todo bien? Te noto… distinta.

El ErrorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora