Entramos por la puerta principal, que da paso a un gran vestíbulo con forma circular. Las baldosas son de un mármol impoluto color caramelo. El techo está cubierto con algo parecido a unos azulejos que son pequeños espejos; del centro sale una cadena que sostiene varias lámparas de araña hechas de cristal, que parece que van a descolgarse en cualquier momento. A la izquierda, nada más entrar, hay varios sillones de cuero negros y un piano de cola blanco que aparentemente está para adornar y ser tocado solo en ocasiones especiales. A la derecha hay un gran mostrador marrón oscuro que supongo que está hecho con madera de roble, tras el que hay cinco o seis personas atendiendo cualquier duda o petición que sea necesaria. La forma circular ocupa prácticamente todo el salón, sin embargo, desde la puerta, se aprecia un pasillo en el que hay ascensores a izquierda y derecha, y, al fondo, unas escaleras de bajada que, de momento, no sé a dónde conducen.
Katherine me invita a seguirla tras un par de minutos observando la espectacular decoración. Voy detrás de ella, pero la pierdo de vista un segundo porque esto está lleno de gente. Consigo alcanzarla justo cuando llegamos a los ancensores. Esperamos y en poco tiempo estamos dentro de uno. Collins pulsa el botón con el número 85, el de la última planta.
-Ahora conocerás al señor Kennedy. No es exactamente nuestro jefe, pero conviene hacerle caso.
Asiento tranquilamente, no estoy nervioso sabiendo que la tengo al lado. Katherine es una de las personas más profesionales que he conocido, y por la forma en la que actúa, no es la primera vez que tiene que integrar a alguien en este sitio.
Salimos del ascensor y vamos hacia la izquierda. Justo en frente de nosotros hay una puerta de madera negra con un letrero en el que pone "Mr. Kennedy". Katherine llama dos veces y una voz le indica que pase.
Tras el escritorio y de espaldas a nosotros, está sentado en un sillón de cuero, un hombre con el pelo negro corto y un traje gris. Está observando las fantásticas vistas de Los Ángeles a través de una gran ventana.
Se vuelve hacia nosotros a la vez que se levanta cuando Kate termina de cerrar la puerta y se dirige hacia a mí. Esperaba encontrarme con un señor bastante más mayor que este hombre. Un anciano que tuviera el pelo blanco y pensara en jubilarse.
Además del pelo corto, tiene una barba perfectamente recortada y la piel morena, pero no llega a ser negra. Sus ojos marrones miran un momento a Kate, y luego a mí.
-George, este es Francisco Javier García, el abogado al que estábamos esperando. -le dice ella.
-Encantado. George Kennedy. -dice él tendiéndome la mano-. Estás aquí porque eres muy bueno en tu trabajo, pero no tanto como yo, que para algo soy el abogado más prestigioso del Estado de California. No te asustes, no voy a estar vigilando lo que haces o no haces, pero de momento, soy lo más parecido a tu jefe.
-Un placer. -contesto estrechándole la mano.
-Katherine, ponle al día con los casos de las dos últimas semanas. Que se vaya acostumbrando al ritmo que llevamos aquí. Ah, y cuando terminéis con eso, llévale hasta su nueva casa, seguro que está cansado del viaje.
Salimos del despacho en dirección a los ascensores y por fin me digno a hablar voluntariamente.
-¡Creo que es la persona más prepotente y con más aires de sobrado que he visto en mi vida! ¿Quién se cree que es para hablarme como si no fuera nadie? ¿El mejor abogado del mundo o qué?
-Del mundo, no, pero sí de California. -me interrumpe Katherine, sorprendida por mi ataque de quejas.
-¿Encima lo defiendes?
-No lo defiendo, pero lo conozco bien, desde hace mucho tiempo. Aunque no te lo creas, a mí me trató de forma parecida a como te ha tratado a ti la primera vez que vine.
-Pues demasiado bien os tenéis que haber llevado hasta ahora.
-No te confundas, García, es un compañero, y después de eso, un amigo. -dice como si le hubiera molestado mi comentario.
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Lo que fue y no tuvo que haber sido
Mystery / ThrillerNunca imaginaste las consecuencias que tiene querer lo que no se puede tener.