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Me levanto, me ducho y me tomo un café, como todas las mañanas, y conduzco hasta mi lugar de trabajo. A pesar de no haber asimilado todavía lo que hice anoche, sé que no le tengo que llevar un café a Kate, porque ella no estará en su despacho nunca más. Nunca más...
Me siento en la silla cuando suena mi móvil. Es el gilipollas de George.
-¿Qué quieres? -le contesto bruscamente.
-Fran, tengo que contarte la peor de las noticias. Venid a comer a mi casa Sarah y tú. -me dice.
-Está bien. -le contesto sonriendo, a pesar de que no puede verme. Y cuelgo.
Es la ocasión perfecta.

Llego un poco tarde a casa de George, pero no tiene la más mínima importancia. Toco el timbre y me abre la puerta; Sarah ya está aquí. George se da la vuelta y camina hacia el salón, mientras yo cierro la puerta.
-Fran, han encontrado a Kate muerta en su casa. -me dice de golpe, girándose hacia mí.
-Ah, ¿sí? No me digas... -le digo irónicamente, apuntándole con la pistola, que ya he sacado.
-No puede ser... -dice Sarah con el rostro desencajado-. ¡Hijo de puta! -grita, viniendo hacia mí.
-Quieta, Sarita. Y ni se te ocurre hablar más alto de lo normal. -le advierto.
-¿Qué coño estás haciendo, Fran? -pregunta él, con la mayor cara de sorpresa que he visto en mi vida.
-Hacer que mi vida sea perfecta, George. -le respondo, como si fuera lo más normal del mundo.
-Estás mal de la cabeza... -dice Sarah, negando con la cabeza.
-Esposáos a las patas de la mesa. -les ordeno, lanzándoles unos grilletes a cada uno. Obedecen mi mandato y voy a la cocina a preparar algo.
-Bébete esto. -le digo Sarah.
-¿Y si no quiero? -me responde, desafiante.
-No quiero hacerte daño. Tú eres la que menos culpa tiene de todo esto. O te lo bebes tú o te lo doy yo. -le contesto, serio.
Sarah me hace caso y en poco más de dos minutos se desvanece.
-Bueno, bueno... -digo, sonriendo a George-. He dejado lo mejor para el final...
-Estás loco, Fran.
-¿Alguien te ha dado permiso para hablar? -le pregunto, cargando la pistola. Él agacha la cabeza-. Es una pena que no vayas a tener la misma suerte que Sarah... -hago una pausa-. Sin embargo, vas a morir igual que Kate. Es lo que siempre has querido, ¿no? Estar con ella, que tu vida sea lo más parecida a la suya, haberla podido compartir con ella... Ah, no, que para eso ya tuviste una oportunidad y la desaprovechaste como el que solo escribe por una cara del folio. -George me mira preguntándose cómo sé eso-. Presumes de ser el mejor abogado de California, pero aquí, ahora, esposado a una mesa, en el suelo, y sollozando, no eres ni la mitad de lo que es el desgraciado de mi padre, que ya es poco. Ojalá hubieras sido igual de buen abogado que Kate, ojalá hubieras sido la mitad de buena persona que era ella... Tú y yo podríamos habernos llevado bien, ¿sabes? -el ríe-. Sin embargo, fuiste un completo engreído de mierda desde el primer momento... ¿Tienes algo que decir para la posteridad? -le pregunto, mientras coloco el silenciador-. ¿Nada? Bueno, es una pena. -digo, mientras aprieto el gatillo, y una bala entra en el lado derecho de su cabeza.
Les quito las esposas y pongo los cuerpos de la siguiente manera: tumbo a Sarah en un sofá y coloco una copa de vino en la mesa cercana a este, tras haber mezclado el vino con un poco de la sustancia que ha acabado con su vida, para hacer creer que ha sido un envenenamiento.
Con George hago algo parecido a lo que hice con Kate. Pongo la pistola cerca de su mano, esta vez, la derecha, de forma que, lo que intento representar es que George ha envenenado a Sarah, para más tarde suicidarse.

Antes, de salir, reviso todo el salón en busca de algo que pueda convertirme en sospechoso. Veo que no hay nada que pueda inculparme, salgo de la casa y me quito los guantes.

Lo que fue y no tuvo que haber sidoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora