Sentí un zarandeo, la cabeza me daba vueltas como una montaña rusa y dolía a horrores. Alguien agarró mi mandíbula con fuerza alzando mi cabeza e intentaba abrir mi boca introduciendo los dedos entre los juegos de muelas desde el exterior de las mejillas.
-Despierta, tienes que comer algo o te pondrás enferma. –el hombre con la voz ronca, áspera casi inentendible a causa de un notable acento que no pude distinguir puso algo dentro de mi boca y me animaba a masticar. No fui capaz de reconocer su voz. No sabía quién era, pero por algún motivo quería que comiese y no estaba en posición de negarme.
El individuo acabó de alimentarme a la fuerza, me ofreció agua y me sentó correctamente esta vez en un asiento. Era un poco incómodo pues mis manos estaban atadas por detrás, a la espalda, sin embargo, era mucho mejor que estar tirada en el suelo. Incluso me había abrochado el cinturón de seguridad, aunque no sabía si era por si sufríamos un accidente o por si intentaba escapar de algún modo. Fuera cual fuese el motivo, ahora no era el momento de intentar huir, era el momento de hacer preguntas. Necesitaba saber quién era este tipo.
- ¿Por qué me has llevado contigo? -no creía que fuera buena idea usar la palabra secuestro en esta situación, podría ofuscarse y si quería respuestas no podía provocar su enfado o no respondería, además de que seguramente me volvería a golpear para dejarme inconsciente.
Al darme cuenta de que el tiempo pasaba y que no recibía respuesta alguna por parte de mi captor quise volver a preguntar, justo cuando cogía aire para hablar un carraspeo sonó detrás de mí, en alguna parte del vehículo. <<¿Son dos? Hay dos personas.>> pensé con el corazón a mil por hora. Mis probabilidades de escapar iban disminuyendo a pasos agigantados. Seguramente llevábamos por lo menos un par de horas de viaje porque el cuerpo me dolía muchísimo a causa de estar en la misma posición. Tenía que seguir preguntando, obtener al menos algo de información.
- ¿Hay alguien más contigo verdad? Puedes decírmelo, no se lo contaré a nadie. Ni siquiera os estoy viendo las caras. No sé quiénes sois. Puedo conseguiros dinero, lo que necesitéis solo hace falta una llamada y que no me hagáis daño. –intenté razonar con ellos.
-No queremos dinero. –el hombre con la voz rota respondió al fin con su extraño acento.
Justo después de su respuesta un siseo sonó por la furgoneta a lo que supuse que la otra persona no quería que siguiéramos hablando, o quizás fue el primer hombre mandándome a callar. No estaba segura. Ya no estaba segura de nada, no querían dinero, no estaban negociando un rescate. Al menos no por ahora. Varias horas o al menos un rato verdaderamente muy largo después, sentí que mi vejiga iba a estallar.
-Por favor, necesito ir al servicio. Es urgente. –intentaba cruzar las piernas para que no se me escapase el pipí.
Mi intención habría sido esperar hasta que llegáramos a donde fuera que íbamos, pero no me iba a ser posible pues juraría que llevábamos una eternidad aquí dentro. Él no respondió a mis palabras, pero unos minutos después sentí como el vehículo giraba y paraba. El sonido de las llaves al quitarlas del contacto, cinturones desabrochándose y puertas que se abrían y cerraban era mi única señal de saber que iba a poder usar el servicio. Abrieron mi puerta y me hicieron bajar no sin antes ponerme una cinta adhesiva en la boca, mis ojos seguían vendados y mis manos atadas y me hicieron caminar agarrada de un brazo. <<¿Cómo pueden llevarme así y que nadie se dé cuenta de que me están secuestrando?>>, pensé extrañada. Entonces, sentí como me levantaba un poco la camiseta para desabrochar el pantalón a lo que intenté echarme hacía atrás lejos de su alcance. Intenté balbucear a través de la cinta negando con la cabeza una y otra vez.
-Si quieres mear, ahora es el momento. No hay otra manera posible. Asiente si lo entiendes. –hizo una pausa y yo asentí.
Me resigné y dejé que el hombre me ayudara a bajarme la ropa. Sin embargo, no notaba ningún tacto de porcelana del retrete detrás de mis rodillas y en ese momento me di cuenta de que no había oído ninguna puerta abrirse o cerrarse. Tampoco oía los coches, ni a gente. Entonces el hombre me dijo que me agachara y al hacerlo noté que algo me hacía cosquillas en mi intimidad y elevé un poco más mi trasero. Era hierba. No estábamos en una gasolinera como había esperado, estábamos en algún otro lugar alejado de la gente y al mismo tiempo la esperanza de pedir ayuda también se alejaba. En ese mismo instante comprendí que la libertad iba a depender únicamente de mí. Acabé de hacer pis dándome cuenta de que no tenía cómo limpiarme, pues el hombre no me había dado papel ni tampoco disponía de mis manos para limpiarme, así que incorporándome un poco sacudí mi trasero un poco arriba y abajo para quitar el exceso de humedad. Después de pasar la escena más vergonzosa de mi vida pensando que la persona que me tiene cautiva me ha visto hacer pis y además sacudirme, mi secuestrador volvió a vestirme. Al principio me tenía sujeta del brazo mientras me guiaba de vuelta a la furgoneta, pero en un momento dado el hombre ya no me sujetaba y vi mi oportunidad. Tenía que intentar huir. Con los ojos vendados, las manos atadas y la boca cubierta eché a correr sin siquiera saber a dónde iba. Era una idea de lo más estúpida, pero en situaciones desesperadas hay que actuar de manera desesperada.
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El amor a la inversa
Mystery / ThrillerUna adolescente francesa sufre un acontecimiento inesperado que la traumatiza pero consigue escapar y comenzar una nueva vida... O eso cree ella. Pronto descubrirá que las pesadillas no solo habitan en los sueños.
