El rostro de la bestia parecía que se había derretido como la cera caliente, grandes olas y surcos de piel rosada cubrían la mayor parte de su cara, su carne había sido comida por el fuego de la cabaña aquél día. Carecía de pestañas, cejas, barba... Me sorprendía que los globos oculares no se le hubieran derretido, pero ojalá hubiera sido así. La cicatriz me picaba en recuerdo de cómo había atravesado su cuello de lado a lado con aquel trozo de botella. Efectivamente ahí estaba su cicatriz, una marca superior en la parte derecha del cuello y otra marca en la parte inferior izquierda, también deformes a causa de las llamas. Luchaba contra mi instinto para no perder el control pero sentía la misma sensación de aquél fatídico día, como un pajarillo atrapado en una jaula. Mi visión se acabó de aclarar y pude apreciar claramente los daños que le llegué a causar sin embargo al individuo no pareció gustarle mi cuidadoso escrutinio de sus heridas. Se echó un poco hacía atrás con una mueca de disgusto en su boca, pero entonces sonrió. Su sonrisa dejaba mostrar unos dientes torcidos, alguno de ellos faltaban y estaban cubiertos de una capa amarillenta con ciertos puntos negros sobre algunos de los incisivos. Acercó su asqueroso rostro al mío.
-¿Disfrutas de lo que ves? Espero que sí porque va a ser lo único que verás el resto de tu vida, conmigo. Te he echado mucho de menos schatz. -alargó su horrenda mano, también achicharrada hacia mi rostro y pasó sus dedos con un tacto extraño sobre mi mejilla.
-Tienes que dejarme marchar, la policía ya me está buscando te lo puedo asegurar. -era mentira, era la mentira más mala que había dicho en toda mi vida pero rezaba a quien quiera que escuchase que fuera lo más creíble posible.
Una sombra de preocupación y asombro cruzó la cara de él, se levantó apresurado como si esta habitación también estuviera en llamas y salió por la puerta cerrándola detrás de si. Aunque me encontré sola en aquel momento podía escuchar a dos hombres discutir al otro lado mientras mi cerebro se esforzaba por concentrarse para huir. Ahora con la visión completamente a mi disposición me fijé con más atención en mis ataduras, no estaban tan apretadas como me habían parecido al principio. Moví una de mis manos haciendo girar la muñeca repetidas veces a la misma vez que tiraba con fuerza hacía bajo, tras varios dolorosos intentos logré soltarla. Me dispuse a soltar la otra mano ahora de manera mucho más sencilla gracias a la poca libertad que había conseguido darme a mí misma mientras las dos voces masculinas seguían discutiendo. Había plantado la semilla perfecta de la duda entre ellos y por sus palabras intentaban descubrir si alguien sabía que yo había salido fuera la mañana que se me llevaron. Ojalá hubiera sido así, pero nadie sabía nada y mi libertad únicamente dependía de mí en estos momentos.
Una diminuta ventana con rejas era la culpable de haberme cegado momentos antes, apresuradamente solté también mis pies y me acerqué a ella. Las barras de metal parecían débiles, carcomidas por la humedad, la lluvia y el paso del tiempo, por suerte mi cuerpo era lo bastante pequeño y grácil para poder escapar por el ventanuco. Cogí la sábana de la cama y la enrede entre los barrotes esperando no hacer demasiado ruido mientras los hombres seguían discutiendo. Decidí tirar hacía dentro lo más firme y fuerte que mis brazos pudieron soportar, las barras chirriaron un poco pero no sé movieron, volví a echar un vistazo al hierro. Tendría que empujar hacia fuera por la forma en que los barrotes habían sido puestos. Agarré los hierros con las dos manos para empezar a intentar zarandearlos adelante y atrás como los monos en los zoológicos, con todos los músculos en tensión obligándome a mí misma a no gritar por el esfuerzo. Tras varios ataques contra la reja finalmente hizo un clack cediendo, conseguí meterla dentro de la habitación porque temía que el sonido que pudiera provocar al otro lado los alertara de mi huida. Salté con cuidado a lo que parecía un jardín trasero, por suerte el césped cubría el ruido de mis pisadas. Agazapada eché a correr fuera de la propiedad hasta estar los bastante lejos como para que no pudieran verme, me escondí en unos arbustos pensando dónde ir porque me acababa de dar cuenta que estaba en medio de un bosque y que no tenía ni idea de hacia donde huir. Sin embargo mi corazón latía frenético porque estaba a punto de besar la libertad. Elegí correr simplemente en la dirección opuesta a dónde estaba la casita, corrí y corrí y corrí por mucho tiempo sin poder encontrar una carretera o alguien que pudiera ayudarme. Estando muy cansada de correr pasé a caminar y de repente el alma se me cayó a los pies, una enorme verja con claras señales de "electrificada" acababan de dar fin a mi huida. La libertad estaba solo a un paso de mí y yo no podía cruzarla. Sin embargo pensé que aunque indicara que estaba electrificada, no podía estar cien por ciento segura de que así era. Encontré una rama de un árbol cercano, toqué y golpeé la verja con ella y nada pasó, no sentí nada en mis manos así que la tomé como segura y decidí escalar.
Nada más poner mi mano sobre el metal sentí un gran dolor recorrer todo mi cuerpo desde la punta de mis dedos hasta las plantas de los pies que me dejó caer de culo en el suelo. Debí haber presentado más atención en las clases de primaria, la madera no es un conductor de la electricidad al parecer. Maldiciendo mi mala suerte comencé a recorrer el perímetro esperando encontrar un agujero en la malla metálica, aunque dudaba que así fuera. Desesperada por salir de allí y sabiendo que pronto se darían cuenta de que faltaba, si no se habían dado cuenta ya, no tardarán en encontrarme. Una idea empezó a formarse en mi mente, tenía muchas ramas y troncos gruesos por todo el suelo. Cogí varios ejemplares que parecían robustos, quizás lo suficiente como para soportar mi peso y los fui apilando lo más rápido que mi cuerpo me permitía bajo la adrenalina de ser pillada con las manos en la masa. A medio trabajo oí por fin cómo gritaban mi nombre, ya lo habían descubierto, no había pasado el tiempo que necesitaba y a juzgar por sus gritos no estaban muy lejos. Me apresuré a amontonar las últimas ramas e intentando poner mi ropa como barrera contra la electricidad de la valla me alcé con intención de cruzar pero no contaba con que la ropa no me fuera a proteger y salí disparada al interior del perímetro encerrandome a mí misma una vez más. Mis manos, mis brazos, mi pecho... Podía sentir cómo la electricidad había cruzado y tocado todas las partes vitales de mi frágil cuerpo, todas mis células ardían como el infierno dejando mi cuerpo paralizado.
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El amor a la inversa
Mystère / ThrillerUna adolescente francesa sufre un acontecimiento inesperado que la traumatiza pero consigue escapar y comenzar una nueva vida... O eso cree ella. Pronto descubrirá que las pesadillas no solo habitan en los sueños.
