Capitulo 29 Encuentro Cercano del tercer tipo en el Área 562.

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El mensaje escrito es recibido y la madre de Melek una Sultana muy poderosa viene a buscar a su hija desde otra galaxia pero al sentir la presencia del mal en este planeta decide dejar a su Hija para que lo protega al lado de Hikari y las chicas.

​El cielo sobre el Área 562 se tiñó de un tono violeta antinatural. Las alarmas del complejo militar y de investigación comenzaron a resonar con una fuerza ensordecedora, rompiendo el silencio de la noche. En las pantallas de los radares, una anomalía térmica y gravitatoria masiva avanzaba a una velocidad imposible, descendiendo directamente hacia la pista principal.
​Los soldados se desplegaron a toda prisa, apuntando sus armas hacia el firmamento, mientras los científicos se cubrían los ojos ante el repentino destello que iluminó el desierto. No era un meteorito. Tampoco era tecnología humana.
​Cinco luces gigantescas, dispuestas en una perfecta corona geométrica, comenzaron a parpadear emitiendo una melodía vibrante, un sonido cósmico que hacía retumbar el suelo bajo los pies de los presentes. Justo como en las viejas historias de encuentros en la Tierra, una inmensa nave de diseño celestial y alienígena se materializó entre la neblina electromagnética.
​Una compuerta de luz pura se abrió en la base de la estructura.
​Al pie de la rampa, rodeada de un aura dorada que imponía un respeto inmediato, apareció la Sultana Gizem. Su presencia era imponente, vestida con ropajes que parecían tejidos con fragmentos de estrellas de otra galaxia. A unos metros de distancia, esperando con el corazón latiendo a mil por hora, se encontraba su hija Melek, flanqueada por Hikari y las demás chicas, quienes contemplaban la escena sin poder articular palabra.
​La mirada de la Sultana Gizem recorrió el lugar. Sus ojos, profundos y cargados de una sabiduría milenaria, se detuvieron primero en Melek, reflejando el amor de una madre, pero de inmediato se ensombrecieron al analizar la atmósfera del planeta. Una fría corriente de aire recorrió el Área 562; Gizem acababa de percibirlo. El mal que acechaba a este mundo era mucho más oscuro y denso de lo que dictaban las profecías de su galaxia.

​Las colinas que rodeaban el Área 562 estaban en absoluto silencio, pero bajo tierra, la actividad militar era frenética. Hikari, Melek y las chicas se mantenían ocultas en las sombras de una de las colinas más altas, justo donde se alzaban las imponentes antenas de comunicación satelital del complejo.
​-Si los militares detectan una fluctuación en la banda ancha, sabrán de dónde viene la señal en menos de diez segundos -susurró una de las chicas, ajustando los controles de un dispositivo portátil conectado directamente al cableado de la antena principal.
​Melek respiró hondo, con los ojos fijos en la pantalla que parpadeaba en verde. Necesitaban enviar un mensaje encriptado directo a la galaxia de su madre, la Sultana Gizem, pero la seguridad del Área 562 era impenetrable. Tenían que usar las frecuencias de radio del propio ejército como "escudo" para camuflar su transmisión cósmica.
​-Confíen en mí -dijo Melek, concentrando su propia energía para codificar el mensaje en un patrón de ondas imperceptible para la tecnología humana-. El mensaje solo responderá a la firma espiritual de mi madre. Para los radares del Área 562, solo parecerá estática del viento solar.
​Con los dedos ágiles sobre el teclado improvisado, Hikari vigilaba el perímetro. A lo lejos, las luces de los reflectores militares patrullaban la zona. El peligro de ser descubiertas era real.
​-Listo... -murmuró Melek, presionando una última tecla-. Enviando secuencia encriptada. Que las estrellas te guíen, Madre.
​Una pulsación silenciosa de energía dorada viajó a través de la enorme parábola de la antena, disparándose hacia el espacio infinito. En las pantallas de la base militar, las agujas temblaron apenas un milisegundo antes de volver a la normalidad. Lo habían logrado: el mensaje hacia la Sultana Gizem estaba en camino, y el ejército no tenía la menor idea de lo que acababa de pasar sobre sus cabezas.

​A unos cuantos metros de la antena principal, oculto tras la cabina de control de un generador, el joven soldado Leo vigilaba el sector. Bueno, más que vigilar, devoraba el cielo con la mirada a través de sus binoculares. En la base militar, Leo era el blanco fácil de todas las bromas. Sus compañeros se reían de él cada vez que hablaba de la infinidad del cosmos o cuando insistía en que la Tierra no era el único rincón con vida en el universo. "El chico de los marcianos", le decían entre risas en el comedor.

Hikari El Ángel Estelar.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora