17
Harry está al pie de las escaleras, observándome. Sus ojos verdes se llenan de todo ese sentimiento que no sé describir y por un segundo sencillamente disfruto de su mirada sobre mí.
Sin decir nada, comienza a subir las escaleras. Su magnetismo me arrolla. Es como un encantador de serpientes que me tiene por completo atrapada en su red. Al llegar a mi altura, se detiene y me tiende la mano. Tampoco necesita decir nada ahora. Le pertenezco y sus ojos verdes son los encargados de recordármelo. Levanto la mano despacio y él saborea un momento el tacto de nuestros dedos entrelazados antes de alzarme sin esfuerzo. Nos quedamos cerca, muy cerca, y todo a nuestro alrededor se desvanece.
Harry continúa subiendo y tira de mí para que lo siga. Cruzamos el umbral del salón y de pronto la estancia deja de parecerme diferente, como si su presencia en una habitación fuera todo lo que necesito para que sea exactamente lo que tiene que ser.
Se gira para que quedemos frente a frente, posa la mirada en nuestras manos y despacio las separa. Mi cuerpo traidor lanza un sollozo que suena casi inaudible pero que retumba en mi interior.
Alza la cabeza y sus ojos verdes y castigadores atrapan de inmediato los míos. Otra vez me siento tímida y abrumada. Puede llegar a parecer tan inalcanzable. Ese halo de puro misterio y magnetismo, sensualidad masculina pura, sin endulzar, me atrapa y hace que mi cuerpo arda.
La buena samaritana se ha esfumado y sólo queda el deseo.
—¿Qué haces aquí? —susurra con su voz ronca y salvaje.
Mi mente está evaporada en su mirada, en la manera de dominarme sin ni siquiera tocarme. Suspiro de nuevo y trato de recuperar algo de lucidez.
—He venido para decirte que, si vas a beber, quiero que lo hagas delante de mí —trato de sonar todo lo segura que soy capaz.
La mirada de Harry se llena de todo ese sentimiento que no sé identificar y da un peligroso paso hacia mí, el último que nos separaba.
—Si bebo es porque, cada vez que miro a mi alrededor y tú no estás, me cuesta trabajo respirar.
Sus palabras me rompen por dentro. Están llenas de dolor pero también de amor.
—Sólo quiero saber que estás bien, que no bebes tanto, que duermes. Necesito saber que no va a ocurrirle nada malo.
—Si quieres que duerma, tendrás que hacerlo conmigo —pierde su mirada en su mano, que avanza por el aire vacío hasta anclarse en mi cadera y suavemente tira de mí—. No puedo dormir sin ti.
Yo también observo los dedos sobre la tela de mi vestido en ese punto exacto de mi cuerpo. Despacio, muevo mi mano hasta colocarla sobre la suya. Entrelazo nuestros dedos y, como él hizo en las escaleras, saboreo el tacto de nuestras manos juntas. Cuando se acoplan a la perfección, alzo la mirada y dejo que la suya, que seguía mis movimientos como lo hacía yo, me atrape.
Por un instante sólo me mira. Entiende perfectamente que le estoy diciendo que sí, que, si lo que necesita es que duerma con él, lo haré.
Harry tira de mí y nos lleva hasta las escaleras. Cada peldaño que subimos nos sumerge en esta especie de neblina llena de tregua y calma donde no parece importar ninguno de los problemas que nos han separado. No hay fotos del Times, ni nuestros padres, ni mi ropa manchada de sangre. Sólo estamos nosotros, necesitándonos y curándonos.
Cuando entramos en la habitación, una pequeña mueca de sorpresa atraviesa su rostro al ver la cama hecha y las fotos sobre la mesilla.
—Yo también te echo de menos —susurro.
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