Esa noche, Emma despierta luego de estar horas inconsciente en la ducha. Le cuesta comprender cómo ha llegado a esa situación.
Está bastante golpeada y aturdida.
Las preguntas sin respuesta se acumulan en su mente. Ella quiere saber qué sucedió y qu...
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Cualquiera pensaría que ya debería estar acostumbrada a moverme con el miedo fluyendo por mis venas, pero no. Algo así nunca se acostumbra. Ante mí, un edificio adormecido de ocho pisos de alto, sin contar los dos subsuelos para estacionamiento ni el del supermercado.
Salas de cine, un patio de comidas y otro de juegos, tiendas departamentales, de ropa, de maquillaje. Perfumes caros, artesanías, cristalería, y un sinfín de cosas más que no soy capaz de memorizar.
Las manos me tiemblan y quiero orinar. Estoy tan cagada que no puedo dar ni un paso en adelante. Adentro está más oscuro de lo que creía, como el edificio tiene un gigantesco techo de cristal que se ve desde la planta baja, estaba convencida que adentro estaría iluminado. Sin embargo, me siento idiota al percatarme de que no es así, pues el mall es un entresijo de escaleras, balcones, entrepisos y ascensores que siempre dejan visible el centro del lugar. Los ventanales gigantes solo están en puntos estratégicos, por lo que su luz no llega a serme de mucha utilidad, sin embargo, saber de su existencia me relaja un poco.
La oscuridad me sigue abrumando como cuando era niña. Mentí, la oficina no me ayudó a superar mi miedo, al contrario, lo empeoró.
¿Cómo no pensé en los pasillos ni en cada lugar individual? Yo acabo de caer en un pasillo que da al área de limpieza trasera de unos baños públicos del séptimo piso. No veo nada.
Lo primero que hago es probar que la puerta de servicio que da a las escaleras esté abierta, no obstante, me choco con una estructura maciza que es incapaz de moverse. ¡No se abre! La tenue, pero poderosa idea de ir por Syria en cuanto lograra abrir una de estas puertas se desvanece como arena entre mis dedos.
Paso saliva en seco.
Estoy temblando. Evalúo mis opciones y «estar encerrada» no es un pensamiento que quiero en mi cabeza en estos momentos.
Hago una parada en unos cubículos y, cuando mi vejiga está vacía, emprendo la marcha. Recorro el solitario pasillo casi al trote. Me niego ver más allá de lo que es estrictamente necesario. La linterna del teléfono no alumbra demasiado y termina por asustarme más a causa de mis pasos acelerados.
El pasillo se termina y ante mi hay unas grande puertas dobles. Tengo que disminuir mi velocidad para abrirlas y mi corazón late desbocado. Me tomo un segundo para regularizar mi respiración; pero no funciona. Las atravieso.