Capítulo IX

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No me costó demasiado aprender las habilidades de sirena, yo era rápida, fuerte y mi canto había pasado a ser genial, o horrible. Ese canto que tanto odie, ahora ya no puede matarme. Habían pasado unos días largos des de que llegamos, y faltaban unas horas para marcharnos. No había vuelta atrás, pero tampoco quería que la hubiera.

Respiré hondo mirando el horizonte del mar, había salido a la superficie por segunda vez des de que tuve que venir a la reunión. ¿Habrán matado al resto de los humanos? Tengo que averiguarlo. Echaba de menos a Iván.

Me sumergí y nadé rápidamente hacía donde estaban los demás, todos estaban fuera, preparándose.

-       Tenemos que irnos. – dijo Kim.

Suspire y asentí.

Nos subimos a la nave, ya que teníamos que ir nosotras primero. Mi hermana estaba dormida, la habíamos dejado con unas sirenas.

Los minutos parecían horas, y no hablamos en todo el viaje, no sé si fue por qué no tuvimos nada que decir, o porque temíamos que fuera la última vez que hablábamos.

Cerré los ojos un instante, proyectándome en casa, con mis padres, o en el instituto con mis amigos, teniendo los problemas de una chica normal. Sin haber vivido nada de esto, sin que nada hubiera pasado.

Al abrir los ojos, supe que habíamos llegado, era mucho más grande de lo que me esperaba.

-       ¿Preparada?

-       Lo estoy. – dije sin saber si era cierto o no.

-       Tienes que entrar tú. Usa la coacción con el guardia de ahí delante. – dijo señalando a un hombre.

Sabía que la luna había salido. Era la hora.

Me acerqué en silencio, pero no lo suficiente, me vio.

-       ¿Quién eres tú? – preguntó. – No estás registrada en este grupo. ¿Qué haces aquí. – se paró frente a mí.

No tenía tiempo. Tenía que encender la coacción pero no sabía cómo se hacía.

Estoy en este grupo, márchate. – me decía a mi misma mirándolo a los ojos, pero él no se inmutaba.

-       Vete. – dije.

No se movía, no sabía cómo hacer que me hiciera caso. Entonces supe que la coacción no iba a funcionar. Le quité el tridente y lo presioné a la pared con él.

Iba a gritar, para avisar al resto de las sirenas. No podía permitirlo.

-       ¡Vete! – grité enfadada.

No iba a conseguirlo.

Tenía que matarlo.

Apreté el tridente en el cuello y la sangré salió. Cayó inconsciente en el suelo.

Iván tenía razón. Soy una asesina.

Me aguanté la angustia que sentía en el pecho y abrí la puerta sin mirar atrás, sin mirar la cara que estuviera poniendo Kim ahora mismo.

Al entrar vi seis guardias más, sólo tuvieron que ver el tridente manchado de sangre para saber que era una impostora.

Concéntrate Ann, concéntrate.

Cerré los ojos, los volví a abrir. No pasó nada.

Por Iván.

-       Todo está bien. Iros de aquí.

Ellos avanzaban y mi corazón seguía latiendo cada vez con más fuerza.

Entonces lo supe. En la película que vi eran los ojos lo que controlaba la coacción, pero esto es la vida real. Es el corazón.

Traté de tranquilizarme. Me gustas. – me dijo Iván hace unos días.

Respiré.

-       Marchaos. – se detuvieron. – Aquí todo está bien.

Asintieron.

-       Si alguien más viene, dejadle entrar. Son amigos del rey.

Volvieron a asentir y se colocaron al sitio dónde estaban inicialmente.

-       ¿Dónde están los del grupo tres?

-       En la planta de abajo.

Fui directa hacía donde me habían dicho.

Había una puerta enorme y la abrí. Me sorprendió ver que no había ningún guardia.

Mi corazón se paró en seco cuando vi delante de quien estaba. Iván. Estaba en una clausula de vidrio, ¿inconsciente?

Miré a mí alrededor. Había un botón rojo que decía. Liberar.

Pulsé y todas las clausulas se abrieron y ellos despertaron.

Corrí hacía Iván y le abracé.

-       Iván, te echaba de menos. – le dije con lagrimas en los ojos.

El me miró con curiosidad, no había rostro de alegría alguno en su cuerpo.

-       ¿Nos conocemos? – preguntó.

El canto de la sirenaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora