Capítulo XVII

785 83 1
                                        

No sabía si el discurso que le había dado a mi padre había funcionado. Él parecia confuso, pero no sabía que máa hacer. Se acercaba el final, podía sentirlo. Tenía miedo, muchisimo. Se me escaparon un par de lagrimas.
¿Ann, estás ahí? - dijo algo dentro de mi. Oh, el mejor momento para volverme loca.
¿share?
Sí, he encontrado la solución.
Más vale que te des prisa, porque mi padre esta viniendo hacía mi con cara asesina. - respondí sin aun entender de que forma era posible que me hablara dentro de la cabeza.
Cántales. - me dijo sin más. Lo dijo muy segura se si misma, pero yo no lo estaba tanto. ¿Y si los mataba? Yo no sabía que hacer. Pero de cierta forma, no tenía elección. Así que cerré los ojos, y no me importó la extraña forma en la que me miraban. Simplemente recordé todo aquello que pasé con toda esa gente. Mis vecinos, profesores, mi padre o incluso mi madre. Sabía que eso podía matarlos, pero de alguna forma... estaban medio muertos. Tenía que arriesgarme por una vez en la vida. Y me puse a cantar. Era una canción que mi padre me cantaba para dormir cuando era pequeña.
Hecho de menos estar seca. Hecho de menos tener frío. Se me pasaban por la mente las cosas que podía recuperar, mientras cantaba. Ni siquiera me atrevia a abrir los ojos. Había dos opciones. O están muertos, o estan vivos.
Cuándo por fin terminé la canción, abrí los ojos pensando lo peor. Mi pecho subía y bajaba con fuerza y mi respiración era desigual.
No estaban muertos. Eso era algo. Ahora la pregunta era: ¿Habían recuperado sus recuerdos?
- Hija...- dijo mi padre. Immediatamente supe que era él.
Noté que la gente se sentía desorientada y aterrorizada. Tal vez necesiten tiempo.
-¿Ha funcionado? - pregunté temiendo la respuesta. No sabía si huír o abrazar a mi padre. Pero de momento me quedé quieta esperando la respuesta qué tanto se hacía de esperar.
- ¿Estoy vivo? - preguntó alguien en el fondo.
Vale. Sí que había funcionado.
***
Cuando salimos de esa especie de bar submarino, ví a Iván a lo lejos. Nadé lo más deprisa que pude. Sin importarme si los demás podían seguirme el ritmo.
Cuando por fin llegué, sentí un gran alivio al ver que estaba bien. Vi un grupo de gente atrás suyo.
No vi a su padre por ningún lado, aunque tampoco esperaba hacerlo. Y su madre... tampoco estaba.
- ¿qué ha pasado? - pregunté mirando a los ojos a Iván.
- Share me ha hablado. Mi madre no estaba ahí. Yo los he sacado de ese maldito trance pero mi madre no estaba ahí. - me dijo Iván.
Thomas simplemente se quedó callado sin decir nada. Igual que la multitud de gente de Virginia y alrededores que había en este lugar.
- Hemos de volver. - dije despues de unos minutos en silencio.
- No sin mi madre. - dijeron Thomas y Iván al mismo tiempo.
Era un poco egoista por mi parte querer irme para no arriesgarme a volver a perder a toda esta gente. Entendía perfectamente su posición.
- ¿Share? - dije sin darme cuenta que lo había dicho en alto.
Teneis que iros.
- Dime dónde está la madre de Iván.
Esto no formaba parte del trato.
- Te daré lo que quieras.
Hacemos otro trato. Tenéis que confíar en mi. La verdad es que confíar en ella no era mi fuerte pero si no había otra opción... Os voy a enviar a vuestro mundo, a todos los humanos conscientes que hay en este mundo. Avisaré a las demás sirenas para qué traigan a los demás humanos de vuelta.
- ¿Podemos considerarnos humanos yo y Iván?
Podeis consideraros humanos, la unica cosa que cambiará es que si alguna vez volveis a este mundo tendreis cola, cómo ahora.
- ¿Cómo sabemos que cumplirás tu parte del trato? - preguntó Iván que al parecer también había estado escuchando.
Al parecer la unica sirena de la que os fiais es se Kim. Ella hará todo este lio de los trances. Y una cosa más... cuando haya devuelto a todos los humanos a vuestro mundo... os aparecera una estrella negra en la palma de la mano derecha de vosotros dos. Al haber superado la prueba tendreis pleno derecho a volver cuando os plazca. Siempre que junteis las dos manos, y digais mi nombre. Estaréis de vuelta. Lo mismo para volver.
Iván parecía convencido. Los otros no se enteraban de nada, ni siquiera Thomas. Y la verdad es que lo preferia así.
- Acepto.
Iván asintió con la cabeza deseando no arrepentirse de esta decisión.
Dentro de un segundo sentí una extraña fuerza que me obligó a cerrar los ojos.
Algo en mi estaba cambiando, notaba mis piernas. Y estaba seca. Lo recordaba todo.

El canto de la sirenaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora