16 | Sinceridad

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—¿Qué hacía aquí? — preguntó Isabelle con un tono demandante, al tiempo que cruzaba los brazos sobre el pecho y miraba a su hija apoyada en el quicio de la puerta de la cocina.

Iba llegando del trabajo cuando se encontró a Connor fuera de su casa, parecía bastante afectado y molesto mientras maldecía en voz baja. Sin embargo, lo que sea que hubiese pasado para ponerlo en ese estado, lo supo esconder muy bien cuando la vio aparecer. 

El muy descarado tuvo el cinismo de saludarla como si nada, como si nunca hubiera lastimado a su hija, como si no hubiera abandonado a su nieto. Luego, con la misma falsedad, dijo que deseaba que ahora que estaba en la ciudad pudiesen verse más seguido. ¡Ja! Como si ella fuese su amiga y no la madre de su ex esposa. 

—Te juro que no lo sé, mamá — suspiró Athena, cansada — Dice que está en la ciudad por trabajo.

—¿Y le crees?

—¿Sinceramente? Por supuesto que no, si sus intenciones fuesen solo trabajar no hubiera venido hasta aquí.

Su madre negó con la cabeza.

—Connor es impulsivo, Athena. Sé que creíste que nunca más volvería a buscaros pero mira ahora, ha venido y tú no estabas preparada, imagínate Oliver.

La castaña asintió con pesar.

—Lo sé.

—¿Y qué harás ahora?

—Tengo que hablar con Oliver — la decisión en sus palabras dejó muda a Isabelle — Tiene ocho años pero sabe que Connor es su papá y aunque yo lo odie, no quiero ser la bruja malvada que lo mantiene apartado por rencor.

—No eres una bruja malvada.

Athena se volteó inmediatamente al escuchar a sus espaldas aquella voz tierna e infantil que se conocía de memoria.

Y ahí estaba, su hijo, con el entrecejo fruncido y los ojos verdes bañados en confusión y algo de arrepentimiento. 

—Jovencito ¿Qué dijimos de escuchar conversaciones ajenas? — se agachó frente a él, y fue mágica la forma en que un segundo le bastó estar cerca para cambiar el sabor amargo en su interior.

—Lo siento, estaba aburrido de estar en mi habitación.

Isabelle sonrío suavemente.

—Y seguro también debes estar hambriento, haré de comer y en un segundo nos sentaremos a la mesa — anunció, justo antes de comenzar a rebuscar en los gabinetes de la alacena.

Athena sabía que todo aquello era en parte para darles algo de espacio, así que tomó la mano de su hijo y lo llevó consigo a la sala. Con cada paso que daba, deseaba poder tener la conversación más madura que se podía con un niño de ocho años, que de preferencia no terminase en tragedia como la anterior. 

Quería ser honesta con él, porque siempre lo fue y porque la llegada de ese hombre a sus vidas no podía cambiar algo tan importante como eso en su relación. 

Se sentó en el sofá y colocó a Oliver frente a ella, para poder mirarlo a su altura.

—Cariño, yo siempre he sido sincera contigo.

—Lo sé — susurro él.

—Somos un equipo y créeme que jamás, jamás voy a hacer nada que pueda lastimarte de alguna forma.

—No me tienes que explicar eso — dijo Oliver, haciéndola soltar una pequeña risa cuando tomó ambas mejillas con sus pequeñas manos — Sé que me amas.

—Lo hago — cedió la abogada, tras tomar un respiro profundo.

Lo que estaba a punto de hacer iba en contra de todo lo que alguna vez deseó para Oliver. Intentar explicarle que su padre ausente tal vez había cambiado de opinión después de ocho años, era más difícil de lo que imaginó pero no podía pretender seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Su hijo no se lo merecía.

Scars (Chris Evans)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora