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—¿Acaso tengo algo en la cara, Chelsea? — preguntó Athena, sin apartar la mirada de los papeles que tenía regados por todo el escritorio.
Aquella mañana el trabajo estaba siendo... desgastante, y no debería serlo tanto porque para eso tenía una asistente capacitada pero en lugar de ayudarla a deshacerse de la montaña de expedientes en la que llevaba horas inmersa, su pelirroja preferida se dedicaba a interrogarla. Aunque pensándolo bien, no era nada extraño. Sabía que no pararía hasta sacarle información.
—¿Cuánto más vamos a pretender que no tuviste una cita, Athena? — preguntó Chelsea de vuelta, apoyando los codos sobre la superficie y mirándola fijamente.
La castaña negó con la cabeza al tiempo que sus labios se curvaban en una amplia sonrisa, una que no pudo contener al pensar en Chris.
—Oh, eso es que tu cita ha ido mejor de lo que esperabas.
—Yo no he dicho nada.
—Tampoco hace falta — dijo la pelirroja — Tu cara, amiga tu preciosa cara lo dice todo.
Athena rio y antes de que pudiese replicar nada, su móvil comenzó a vibrar sobre la mesa. Sin pensarlo mucho, se lo llevó a la oreja.
—¿Sí?... Ella habla... oh sí, estuve tratando de contactarme con usted... no, me gustaría saber si podría tener libre el miércoles y jueves... todo el día de ser posible — dijo y luego de unos momentos pegó la frente a la madera del escritorio mientras negaba, Chelsea arqueó una ceja — Sí es urgente, sería de mucha ayuda... muchas gracias, hasta luego — terminó de decir antes de soltar el móvil y comenzar a lamentarse.
—¿Qué sucede? ¿Con quién hablabas?
—Con Margaret.
—¿Quién? — Chelsea arrugó la nariz.
—Margaret — Athena alzó la cabeza tras soltar una bocanada de aire — La última niñera que cuidó a Oliver — explicó y de inmediato su amiga lo entendió todo — Me voy a Nueva York el miércoles y aún no consigo quien lo cuide.
—¿Margaret no puede?
La castaña negó con la cabeza.
—Dijo que me pondría en contacto con la agencia para ver si pueden conseguirme a alguien de confianza —suspiró — Sabes que no me gusta dejarlo con cualquier persona.
Chelsea asintió pero no volvió a decir nada más, tomó uno de los expedientes y mientras lo leía, a Athena se le iluminó el pensamiento.
No conocía a nadie en quien confiase más que en su mejor amiga.
—¿Qué? — la pelirroja frunció el ceño y cuando Athena movió las cejas de arriba a abajo de forma exagerada, rio — Oh, que linda — meneó la cabeza — No.
—Por favor — la castaña hizo un puchero — Tu amas a Oliver.
—Sí — chasqueó la lengua — ¿Sabes lo que me gusta más de los niños? Que no tengo ninguno y no debo ocuparme de nadie.