En cuanto dobló la última esquina la vio. Intentó calmarse y recuperar el ritmo normal de su respiración, pero le resultaba imposible. Estaba guapísima.
Se aproximó a ella lentamente, era un buen comienzo que estuviera allí, pero no sabía que actitud iba a tener Amelia con ella; le había demostrado en los mensajes que habían compartido ese mediodía que el buen rollo que habían tenido la noche anterior se había terminado. O no. Si algo caracterizaba a la rubia era eso; poner todas sus cartas encima de la mesa, porque por debajo... ¡Ay, por debajo, lo qué haría ella!
—Hola —saludó tímida. —Espero que no lleves mucho tiempo esperando —dijo acercándose a darle dos besos, pero a mitad de camino se arrepintió.
—No, acabo de llegar —contestó Amelia, terminando con la distancia que las separaba y dejando un beso en su mejilla.
«¿Qué estás haciendo?»
Amelia no lo sabía, ni quería saberlo. Luisita le nublaba el juicio. Había sentido su olor tan cerca y al ver la duda en sus ojos, había actuado por impulso. No quería que Luisita se sintiera incómoda, aunque con ese gesto notó el perfume de la rubia y recordó lo cerca que habían dormido la noche anterior.
Caminaron hacia la cafetería mientras Luisita le contaba que tenía los mejores pastelitos de todo Madrid y cómo la había descubierto. Amelia nunca había pisado aquel sitio, pero el olor que percibió al entrar le daba muestras de que lo decía la rubia podía ser verdad.
Se sentaron en una mesa y pidieron un par de cafés mientras Luisita le seguía contando la de veces que había ido allí a merendar. Lo hacía con cierta timidez, mostrando a Amelia un lado de la rubia que no conocía y que le sorprendía, acostumbrada a verla siempre tan sinvergüenza con ella.
—Y ya me dejo de rollos, que parezco la relaciones públicas de aquí —cortó Luisita su discurso sobre la cafetería.
Menos mal que no comentó el tour privado que le había hecho una camarera, o la vez que la cocinera la invitó a amasar pan juntas.
—Por un momento he pensado que te pagaban.
—Deberían hacerlo —dijo y antes de que la morena hablase, se armó de valor. —Amelia, yo quería pedirte perdón por presentarme así en el convento. No sé qué se me pasó por la cabeza. Solo sé que comencé a caminar y terminé allí. ¿No dicen que los caminos del señor son inescrutables?
Luisita no quería dejar pasar más tiempo, o no sería capaz de decírselo. Además, ya decía su abuelo eso de: «al mal paso, darle prisa».
—Ya te he dicho que no pasa nada —repitió Amelia su mensaje. —Y sí, eso dicen, aunque no creo que en este caso...
—¿Por qué no? ¡Si me llevó a su casa! —exclamó y vio la media sonrisa que le salió a su acompañante.
Amelia estaba tranquila, nada enfadada como la rubia había imaginado. Aún así, Luisita mantuvo su actitud pacífica. Se había convencido de que lo mejor era mantener una conversación sana, sin dejar salir comentarios que estuvieran fuera de lugar y pudieran recordarle más aún la situación que habían vivido hacía tan solo unas horas.
—Ya, pero es una falta de respeto. Y más aún mandarte esos mensajes a las tantas... Siento haberte molestado. —Volvió a retomar sus disculpas.
—No me molestaste, de verdad, Luisi. Las noches en el convento no son muy divertidas.
—Pero algo harás para entretenerte, ¿no? —preguntó en un tono pícaro que no pasó desapercibido para Amelia.
Justo en ese momento, el camarero se acercó para dejar los cafés en la mesa y Luisita aprovechó para rectificar.
