El ruido de un cazo estrellándose contra las baldosas de la cocina rompió el silencio de una casa que no acostumbraba a despertarse tan pronto. Marina y Susana se quedaron estáticas, con cara de pánico, esperando el grito de una Luisita cagándose en sus muertos por haberla despertado.
—¡Ten más cuidado, hostia! —protestó Marina en un susurro.
—Tía, que ha sido sin querer —se disculpó recogiéndolo del suelo. —Dame una cuchara de madera —demandó en el mismo tono que su amiga.
—Toma. —La sacó del cajón de los cubiertos y se la ofreció—. ¿Esto tiene pilas? —preguntó refiriéndose al megáfono de las verbenas que había rescatado para su fechoría mañanera.
Lo encendió y sopló en el altavoz, pero no emitió ningún sonido. Ni siquiera se había encendido el piloto rojo que indicaba que estaba funcionando.
—Mierda, están secas. Tráeme las del mando de la tele. —Susana se encargó de ir a por ellas y ponerlas en el aparato. —Probando... Probando... Un, dos, tres, escondite inglés. —Una risilla compartida confirmó que funcionaba.
Marina y Susana en pijama, recién levantadas, aún con legañas en los ojos, recorrieron el pasillo de puntillas, aguantándose la risa, anticipando lo que habían planeado. Al llegar frente a la puerta de Luisita se miraron y asintieron. Marina giró el pomo con cuidado y se colaron en la habitación de la rubia que dormía plácidamente, con media sonrisa dibujada en la cara, murmuraba palabras indescifrables y ronroneaba como un gatito bebé. Quizá soñaba con cierta monja de rizos que la tenía más loca de lo que era capaz de confesar. Nunca lo sabremos.
El estridente sonido de la madera contra el metal y las voces de sus amigas aumentadas por el altavoz la sacaron de sopetón de la fase REM y por poco le provocan un infarto de miocardio. El corazón se le salía por la boca.
—LUISA TE QUIERO ERO ERO... LUISA TE ADORO ORO ORO... LUISA POR LAS MONJAS TÚ NOS HAS CAMBIADO, PERO POR NUESTRA AMISTAD YA TE HEMOS PERDONADO.
Luisita se incorporó con los antebrazos, entreabrió los ojos, y se le empezó a hinchar la vena del cuello.
Dios, dame paciencia porque como me des fuerzas te las envío allí arriba y a ver si tú las aguantas.
—LUISA, BONITA, LLÉVANOS A MISA. LUISA, BONITA, LLÉVANOS A MISA. LUISA, BONITA, LLÉVANOS A MISA —repetían cantando una y otra vez hasta que Luisita reaccionó y empezó a tirarles las cosas que tenía a mano, sin darse cuenta de que lo que sus amigas le estaban pidiendo era que las llevara a la fiesta.
Un libro, un cojín, el despertador, un botellín de agua a medias.
—¡Luisi, para! —Pidieron clemencia cubriéndose con los brazos para paliar los golpes, pero sin dejar de reírse. Había merecido la pena.
—Pero ¿cómo sois tan hijas de puta? Casi me matáis del susto, cabronas —dijo gritando y lanzándole las últimas cosas que encontraba.
Cuando dejó de tirarles cosas se abalanzaron sobre ella invadiendo su cama haciéndole cosquillas y llenándole la cara de besos.
—¡Qué me dejéis, por favor! ¡Parad que me hago pis!
El ataque de risa las había alcanzado a las tres. Una vez que la tensión arterial de Luisita recuperó unos valores normales se dejó llevar por la locura de sus amigas.
—Un día vais a encontraros las maletas en la puerta y la cerradura cambiada —advirtió la rubia.
—Pero si no puedes vivir sin nosotras no hay manera, no puedes estar sin nosotras no hay manera —Entonaron las dos al unísono.
