17. Domésticas.

998 66 3
                                        

POV MARTINA.

Sentí como los últimos resquicios del sueño me abandonaban, y la luz se iba colando tras mis párpados aún cerrados. Intenté moverme, pero un peso extraño en la parte izquierda de mi cuerpo me mantenía anclada al colchón. Abrí los ojos y la vi. Tenía la cabeza apoyada sobre mí, encajada en el hueco entre mi hombro y mi mandíbula, provocando que su respiración pausada me hiciese cosquillas en la sensible piel del cuello. Su cuerpo estaba acurrucado contra el mío, vistiendo uno de mis pijamas. Sonreí sin poder evitarlo, me causaba un extraño placer verla vestida con mi ropa. Pero mi sonrisa se hizo más tenue cuando vi que la mano que rodeaba mi tripa, tenía agarrada mi camiseta. No era un agarre casual, su puño se cerrada con demasiada fuerza como para que estuviese dormida. Pero lo estaba. Su respiración me lo decía.

¿Por qué te agarras con tanta desesperación a mí, Lourdes? Sabes que no puedo irme.

Retiré ligeramente mi cabeza, para poder observarla.

Estás tan guapa.

Abrazándote a mi alma.

No hace falta que te aferres a mí,

no hace falta que me la robes,

yo te la regalo.

Me fijé en sus malditas pestañas. No me parecieron reales. Descansaban sobre sus mejillas, escondiendo los ojos que me estaban ahogando. Levanté el brazo que tenía libre, y con mi dedo índice, se las rocé con cuidado. No quería despertarla, pero necesitaba rozarle las pestañas. Ella arrugó la nariz entre sueños, y yo aparté mi mano. Quería que siguiese siendo mía un rato más.

Puse mi mano sobre la suya, que seguía aferrada con fuerza a la tela de mi pijama. Paseé mis dedos sobre su piel, suave. Cómo suplicándole que no me agarrase con tanta fuerza, no hacía falta, podía estar tranquila. Me pareció que sus dedos se aflojaban un poco, y volví a sonreír.

Mi mano subió hasta su antebrazo, dejando caricias circulares con pereza mientras la miraba. Seguía con la misma expresión de tranquilidad. A mí el pensar que estaba así de relajada durmiendo a mi lado me hacía delirar. Me había dicho que no podía dormir con nadie, que casi no conseguía dormir estando sola. Pero la situación en la que tenía a Lourdes, acurrucada contra mí, me decía todo lo contrario. Yo habría jurado que era muy capaz de dormir conmigo. Que era capaz de dormir conmigo todas las noches de su vida. Por mi no había ningún problema.

Me puse a pensar en la noche anterior. Dijo que tenía sueño, que necesitaba dormir, que sólo podía dormir conmigo.

¿Soy la cura de tu insomnio?

Me preguntó si aquella chica que Megan me había presentado era guapa.

¿Te pone celosa pensar que me pueda gustar alguien más?

Aferrada a mi, y mirándome a los ojos, me había confesado que no podía llorar. Que no podía correrse. Que estaba jodida.

¿Por qué no me lo explicas?

A pesar de que cada vez me iba dando mas pistas, mi confusión sólo iba en aumento. No podía entenderla, ella no me dejaba. Me decía que no podía darme lo que yo quería, pero se agarraba a mí cuando necesitaba dormir. No podía estar conmigo, pero yo podía ver en sus ojos que no quería que estuviese con alguien más. Me decía que no podía ni llorar, ni correrse, y después cerraba sus ojos, y se dormía con su respiración en mis labios.

Pero ella no me escuchaba, seguía dormida sobre mi cuerpo. Y yo me sentí una cobarde, por no atreverme a preguntarle todo aquello que me estaba mareando. Y me sentí una cobarde, por no ser capaz de alejarme de ella, cuando era evidente que aquella situación me estaba haciendo daño. Y me iba a acabar matando. Yo lo sabía.

Tu olor // MartuliDonde viven las historias. Descúbrelo ahora