29. Haz el amor conmigo.

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POV MARTINA.

Me estiré de nuevo sobre el sofá tras haberme dado la ducha que necesitaba. Mientras acomodaba la cabeza sobre uno de los cojines, me di cuenta de que había servido para destensarme los músculos del cuello. Me sorprendía que aún tuviese movilidad en esa zona de mi cuerpo, porque llevaba durmiendo allí desde el sábado pasado, y era consciente de que un sofá de dos plazas no era lo más adecuado para evitar la atrofia muscular.

Cuando llegué a casa de mis padres, casi una semana atrás, esperaba poder recibir el consuelo que necesitaba de ellos. Pero cuando entré a la que fue mi casa durante muchos años con las llaves que aún conservaba, y escuché el silencio que reinaba en la estancia, recordé que mi madre me había llamado hacía un par de días para avisarme de que se iban de vacaciones.

Yo no lo había recordado, pero de todas maneras habría ido. Necesitaba salir de la ciudad. Necesitaba respirar un aire que no estuviese contaminado por ella.

Tirada en aquel sofá pensaba que mi solución no había sido demasiado efectiva. Ni siquiera había conseguido dormir en mi cama. La noche que llegué lo intenté, pero en el momento en el que mi cuerpo se escurrió entre las sábanas limpias, noté que ella no estaba. Y la eché tanto de menos que no fui capaz de permanecer allí más de unos pocos segundos.

Tampoco me sorprendía echarla de menos. Durante las casi cuatro horas y media que duró el trayecto desde la ciudad a las afueras, tuve que luchar conmigo misma para no darme la vuelta y volver con ella tantas veces que perdí la cuenta. Conseguí no hacerlo. Conseguí llegar a casa, pero la eché de menos cada segundo del camino.

Y seguía haciéndolo. No lo podía evitar. Durante los dos primeros días, el no poder sacármela de la cabeza me torturó con tanta crueldad que fui incapaz de probar bocado. Hasta que asumí que no era mi culpa. Que yo no había elegido pensar en ella durante cada segundo, y no podía elegir dejar de hacerlo.

Sin embargo seguía doliendo. Pero ya no era ese dolor punzante que me había acostumbrado a sentir. Ese dolor que me ponía tan difícil respirar. Ahora me dolía de otra manera. Con un dolor tranquilo y calmado, suave pero permanente, que me daba la sensación que no iba a dejarme sola jamás.

Sin incorporarme, estiré la mano hacia la mesa en un acto reflejo, buscando mi móvil. Tardé un par de segundos en recordar que lo había dejado en la ciudad. Quizá esa era una de las cosas que hacía que la situación me pareciese tan irreal, el llevar seis días sin hablar con nadie. Sólo había hablado con mis padres desde el teléfono de la casa, para avisarles de que pensaba quedarme allí unos días. Se habían dado cuenta de que algo me pasaba, pero no habían insistido ante mis negativas, lo que agradecía profundamente.

Estaba cansada de hablar de ella. Estaba cansada de pensar en ella.

Estaba tan cansada, que tardé más de lo normal en reaccionar cuando escuché el timbre. Me levanté a regañadientes, sintiendo que el cuerpo me pesaba una tonelada, y arrastrando los pies, llegué hasta la puerta. Agarré el telefonillo que comunicaba con la puerta exterior mientras me apoyaba sobre la pared que encontré más cerca. Murmuré un sonido que pretendí que sonase a una pregunta acerca de la identidad de la persona que había venido a molestarme a las nueve y media de la noche de un viernes.

- Soy Lourdes.-

Mi cuerpo se negó a reaccionar. Pensé que mi imaginación estaba siendo más cruel que nunca. Me quedé sosteniendo aquel aparato, incapaz de moverme. Pero volví a escuchar su voz.

- ¿Martina?- La escuché respirar con demasiada fuerza. - Sé que estás ahí, ábreme.-

Colgué con tanta fuerza que me sorprendió que no se abriese un agujero en la pared. Lo único que sentía eran demasiadas ganas de que Lourdes no estuviese allí. No quería verla. Era demasiado pronto. El timbre volvió a sonar, y barajé mis opciones con rapidez.

Tu olor // MartuliHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora