21. Si me das a elegir.

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POV MARTINA.

Me dolía la garganta con cada calada, pero no podía dejar de fumar. El cenicero descansaba lleno encima de la mesa de mi terraza, pero a mí no me parecía que hubiese fumado lo suficiente. Normalmente la nicotina me ayudaba a pensar, y las vistas de la ciudad me relajaban hasta ayudarme a alcanzar un estado casi comatoso. Pero ese día no me funcionaban ninguna de las dos cosas. Aspiré la última calada del cigarro que aún sostenía y lo apagué con desgana. Volví a pasarme la mano por el pelo, como llevaba haciéndolo toda la tarde, y me recosté en una esquina del sofá, con las piernas encogidas. Me concentré en intentar dejar que pasasen diez minutos antes de encenderme el siguiente.

Miré mi reloj, no por que me interesase que hora fuese, sino para controlar los diez minutos. Las nueve y cuarto de la noche. Llevaba demasiadas horas allí tirada. Después de salir de trabajar a las dos, como todos los viernes, había conducido hasta mi casa. De camino paré a comprar un par de paquetes de tabaco. Ni siquiera almorcé cuando llegué, me dirigí directamente a la terraza, y allí seguía, tantas horas después.

Si me paraba a pensarlo era ridículo. No estaba solucionando nada allí acostada, reventándome los pulmones. Pero tampoco tenía fuerzas para hacer nada más. Había escuchado mi móvil sonar desde el salón demasiadas veces, pero no me había levantado a por él. Seguramente sería Ramiro, o Megan, preguntando por el plan de viernes. A mi me daba igual que fuese viernes, o lunes, o marzo o septiembre. Me daba igual que me pasase una década mientras que yo estaba tirada en ese sofá.

Los ojos me escocían por la falta de sueño, lo cual era normal, ya que en las últimas cuarenta y ocho horas casi no había conseguido pegar ojo.

El miércoles, el maldito miércoles, no pude volver a dormirme después de lo que pasó. Después de hacer el amor con Lourdes...

No hiciste el amor con Lourdes.

Bueno, después de que pasase aquello, ella se encerró en el baño. Yo la esperé, de pie al lado de la puerta. La esperé demasiado tiempo a que saliese, y cuando lo hizo me di cuenta de que daba igual que la esperase para siempre. No quería dejarme entrar. Salió del baño con esa expresión en su cara que ya conocía, la que me gritaba que me alejase. Me pidió por favor que nos fuésemos a dormir. Me dijo que hablaríamos en otro momento. Yo sentí ganas de zarandearla, me parecía ridícula la idea de conciliar el sueño después de aquello. Intenté insistirle, pero Lourdes sólo me miró con esos ojos cargados de indiferencia, y me volvió a pedir, por favor, que dejásemos las cosas como estaban. Yo cedí, y me acerqué hasta mi cama, sólo para darme cuenta segundos más tarde de que ella se metía en la otra. La inmensidad de mi estupidez casi me dejó sin aliento, porque pensaba que se refería a que nos fuésemos a dormir juntas.

El recuerdo de lo imbécil que me sentí me golpeó de nuevo, y me incorporé para alcanzar otro cigarro de la cajetilla. A la mierda los diez minutos.

Mientras expulsaba el humo despacio sólo podía pensar en lo fría que era Lourdes. No lo entendía. No entendía cómo al día siguiente había seguido ignorándome. Cómo había pasado las casi tres horas en el tren de vuelta con la cabeza girada hacia la ventanilla, en silencio. Cómo se había despedido de mí en la estación con un leve abrazo, para después montarse en un taxi y desaparecer.

Te dio un puto abrazo.

No lo pude evitar y me reí. El humo se mezcló con mi risa y me hizo toser. Después de tantas horas dándole vueltas, la situación me parecía casi cómica. Esa mañana aún tenía la esperanza de que se acercase a hablar conmigo en el trabajo. Volví a reirme bajito, aunque esta vez me pareció que mi risa sonaba más como un quejido triste.

Tu olor // MartuliHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora