POV LOURDES.
Martes. 11:45.
Dieciséis días. Seiscientas veinticuatro horas. Es el tiempo que lleva Martina sin dejarme ver sus ojos. Puedo mirarla. Ahora mismo lo hago, está al otro lado del pasillo. Lleva ese jersey blanco que me encanta. Me pregunto cómo puede quedarle todo tan bien, es casi escandaloso. Le favorece tanto ese color, el contraste con su pelo oscuro me deja sin respiración. Ella es tan guapa que cuando la miro siempre se me complica respiración. Y yo la miro mucho. Menos sus ojos. Esos ya hace dieciséis días que no puedo verlos. Ella no me deja.
Veo que mira su reloj y yo hago lo mismo. Las doce menos cinco. Tiene el informe que tenemos que entregar en la mano. La veo dirigirse hacia la puerta y yo me levanto apresurada. A lo mejor esa vez consigo que me mire. Pero no lo hace. Cuando estamos las dos en el pasillo, no dirige su mirada más allá de mis piernas. Yo clavo mi mirada en su rostro e intento gritarle en medio de aquel silencio que me perdone. Se lo suplico con mis ojos. Pero parece que ella no escucha mis gritos que no tienen sonido, y no es capaz de perdonar unos ojos que no ve. Sólo se gira y se dirige hacia la oficina de Nico. Yo suspiro bajito y la sigo.
Sentarme a su lado es una tortura. Es su maldito olor. Ella ya me había dicho que no usaba perfume. Me lo dijo cuando me acurruqué contra ella aquel día que la migraña casi me mata. Entonces, ¿cómo puede oler así? Habría que embotellar su aroma. La persona a la que se le ocurriese embotellar y comercializar su olor se haría millonaria.
Nico habla, pero yo no lo escucho. Estoy concentrada en aguantar las ganas que tengo de tirarme a los pies de Martina para suplicarle que me perdone. Para explicarle a gritos por qué le hice lo que le hice. Para confesarle de rodillas que el beso que nos dimos en ese baño es el mejor recuerdo que he sido capaz de atesorar desde hace muchos años.
Hace tantos años que no soy capaz de guardar un buen recuerdo. Todos son malos.
Menos ella.
Escucho cómo nuestro jefe pregunta por el análisis de la edad de los usuarios de las redes sociales, que acordamos que haría ella. No responde de inmediato, y yo sé que se le ha olvidado. En un impulso, le digo a Nico que se me ha olvidado a mi y ella no vuelve a hablar.
Termina la reunión y volvemos a nuestras oficinas. Martina anda delante mía y no me ha mirado ni una sola vez. Yo no sé bien qué voy a decirle, pero cuando está a punto de entrar, la llamo. El sonido de su nombre al salir de entre mis labios me parece terciopelo. Tiene el nombre más bonito del mundo. Pienso que podría decirle eso. Y después directamente podría arrodillarme y pedirle perdón. Pero no tengo la oportunidad de hacer ninguna de las dos cosas. Ella me deja claro que no quiere saber nada de mi y entra en su oficina dejándome un sonoro portazo.
Pero yo creo que me miente, porque no ha podido mirarme a los ojos mientras que me lo decía. Y en ese momento, clavada aún en el pasillo, mirándola, rezo porque sea mentira.
Viernes. 9:05.
Martina nunca llega tarde. Ni siquiera cinco minutos. Me quedo de pie en el centro de mi oficina, esperando oír el ruido de sus pisadas acercándose hacia la suya. Yo necesito verla. Cada mañana, necesito verla. Aunque no hablemos, aunque no me mire. Sólo con verla es suficiente. Es suficiente para que mi día tenga algo de luz. Los fines de semana están llenos de oscuridad porque no la tengo a ella.
Pero ella no aparece. Vuelvo a mirar mi reloj, y veo que son y cuarto. Sigo de pie. No quiero empezar mi día sin mirarla. Suspiro y me siento en mi escritorio. Me llevo las manos a la frente, intentando calmar el incipiente dolor de cabeza. Rebusco en mi bolso hasta que encuentro la pastilla que necesito y me la tomo.
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Tu olor // Martuli
FanfictionLourdes González se empeña en ignorarme, en no dejarme entrar en su vida. Pero yo, que me la quiero comer a besos, sabía que nuestros caminos tenían que cruzarse. Y lo hicieron. ____ ADAPTACIÓN MARTULI • Todos los derechos a la autora original.
