Charly es el alma de un chico que había fallecido hace dos años y vagaba en el mundo de los vivos buscando ese algo que lo dejara descansar en paz. David intenta buscarle el sentido a su monótona vida, además de ser el único que puede ver a Charly.
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Estaban las tres mujeres y David en la cocina, procurando que cada detalle fuera perfecto para el miembro de la familia que aunque ya no estaba físicamente presente, su espíritu los rodeaba de alguna manera, y todos sentían su presencia en ese lugar que solía ser su hogar, en especial David.
Si Charly describiera a su abuela, la describiría como la mejor abuela del mundo. Era la persona más cariñosa y amorosa que podía existir en el mundo. Además, sus comidas eran las mejores que Charly había probado, ningún restaurante fino podía superarla, mucho menos a su famoso pudín de plátano. Obviamente esa hermosa ocasión no se iba a perder de su plato estrella. Era un gesto que tenía un significado profundo, una forma de mantener viva la memoria de su nieto y compartir momentos especiales.
—Tú debes ser David, ¿no? —le habla la abuela de Charly.
—Sí, soy yo. ¿Necesita ayuda en algo? No soy el mejor cocinero, pero tampoco soy un desastre en la cocina.
—Una pequeña ratoncita —dijo, refiriéndose a Diana— me ha contado algunas sobre ti. Me ha dicho que puedes ver a mi nieto. ¿Es eso cierto?
—Sí, un poco difícil de creer, pero cierto.
—Le puedes decir que lo extrañamos.
—Creo que no será necesario porque él puede oírlos, ¿verdad, Charly?
—¡Más cierto que el hecho de que estoy muerto! —grita Charly como si de esa forma pudieran escucharlo, y David suelta una risa.
—Ha dicho que sí.
—Eres un chico desafortunado, entre tantas almas tenías que ver la de mi nieto —pronunció con falsa pena—. Es broma. Mi Charly es el chico más maravilloso que ha podido existir. Un chico muy atento y amable hasta con la criatura más pequeña y vieja.
—No lo dudo. Le saca una sonrisa a cualquiera con sus ocurrencias.
La anciana toma unos plátanos maduros y los deja sobre la encimera de la cocina.
—¿Alguna vez Charly te ha hablado de mi famoso pudín de banana?
—No, nunca lo ha mencionado.
—Es su postre favorito. Ven, voy a enseñarte cómo se prepara.
David va a lavarse las manos rápidamente, ya que estaba lleno de tierra y se pone uno de los delantales que tenía cosido en hilo verde el nombre de Charly.
—Ese era mi delantal —le comenta Charly—. Nunca lo pude usar.
—¿Por qué?
—Nunca me dejaban cocinar.
Charly se hace una bolita en un rincón de la cocina y se pone a llorar como el dramático que era.
—¿Qué tan malo era Charly cocinando? —pregunta David curioso.