Charly es el alma de un chico que había fallecido hace dos años y vagaba en el mundo de los vivos buscando ese algo que lo dejara descansar en paz. David intenta buscarle el sentido a su monótona vida, además de ser el único que puede ver a Charly.
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Sam
¿Te gusta Charly?
¿Si le gustaba Charly? Le gustaba su personalidad energizante y tierna. Le gustaba esas simples cosas que Charly amaba, porque él las hacía grandiosas. Le gustaba la forma en que siempre lo apoyaba. Le gustaba la dulzura de sus manos cuando tocaba su cabello. Le gustaba cuando lo fotografiaba sin previo aviso. Le gustaban sus bromas. Le gustaba su risa, por extraña que fuera. Le gustaba escucharlo hablar durante horas, como si siempre encontrara las palabras adecuadas en el momento adecuado. Le gustaba todo de él. Le gustaba Charly.
Sam
Me gusta.
¿Él lo sabe?
No, al menos no se lo he dicho.
¿Por qué?
Sabes el porqué. Es estúpido enamorarse de alguien que ya está muerto, por más que pueda ver su alma. Es un amor imposible.
¿Y qué piensas hacer? ¿Quedarte callado con tus sentimientos hasta que se vaya?
Eso es lo que voy a hacer.
—Davy, despierta —Charly depositó un beso en su mejilla.
—¿Qué haces? —preguntó David, tratando de ser amable mientras sentía que sus mejillas se sonrojaban.
—Despertándote. ¡Ya es de día y sigues durmiendo!
—Un rato más.
David se cubrió con sus mantas en un intento de volver a dormirse, pero Charly las retiró inmediatamente.
—¡Despierta! ¡No puedes quedarte todo el día durmiendo!
—Sí, puedo.
—No, no puedes.
—Si me besas de nuevo, tal vez lo considere.
—Mocoso engreído.
Charly se dio la vuelta y salió de la habitación. David podría haber pensado que era su momento de paz para dormir, pero conociendo a Charly, seguro que regresaría para sacarlo de la cama.
David se vistió con rapidez y salió de su departamento. Desde que Charly había aparecido en su vida, sus horas de sueño habían disminuido significativamente. Tal vez era para mejor, ya que antes pasaba demasiado tiempo durmiendo.
Minutos después regresó Charly como supuso a despertarlo de nuevo jalándole de los pies.
—¡No hay tiempo para dormir, hay que trabajar!
—Es muy temprano, Charly —dijo, aferrándose a sus mantas.
—¡Son las once de la mañana! Ya hemos perdido casi la mitad del día.