C a p í t u l o : 3

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Detengo mi coche en un estacionamiento privado y luego camino hacia la cafetería donde Andy y yo tomamos nuestra orden de café Red Eye acompañado de un croissant rellenos de jalea de arándanos.

Salimos nuevamente al clima frío de Nueva York y me acomodo la bufanda bajo el abrigo antes de darle un sorbo a mi café. No he podido dormir muy bien, aunque prácticamente me haya obligado a irme a la cama luego de ver aquella escena erótica frente a mi ventana.

Es que hasta ahora no puedo sacar aquella imagen de mi mente. Apenas he despertado esta mañana, la imagen del Desconocido follando duramente a su novia me ha hecho tener un subidón de adrenalina.

—¿Qué ocurre contigo? Tienes unas ojeras fatales. –Andrea interrumpe mis pensamientos eróticos sobre mi vecino y yo me giro para mirarla. —¿Aun no te acostumbras al nuevo piso?

Suelto una risa nerviosa. Eso es la razón menos creíble que podría darle. Necesito irle con la verdad.

—Anoche vi al vecino follando a su novia en el sofá de su sala. Te dije que debía poner cortinas. –agrego cuando ella comienza a reírse.

—¿Y cómo lo hizo? ¿Viste todo?

—Casi. En definitiva, podríamos hacer una vaquita para comprarnos cortinas, ambos.

—Oye, no está mal mirar. –comenta luego de beber su café.

Yo volteo a mirarla, sorprendida ante lo que dice.

—¿Estás loca? No quiero que me tachen de pervertida.

—Solo digo, Oli. El tipo folla a la vista y no le importa si alguien lo mira.

—El hecho de que lo haga no quiere decir que esté bien mirarlo. ¿Me acompañas a la tienda luego del almuerzo? Veré cortinas para mi aquellos ventanales.

—Vale, anti morbo. Te veré luego.

Ella sigue derecho mientras que yo doblo en la esquina hacia la clínica donde trabajo. Sigo pensando en lo que vi a medida que trabajo. El día de hoy me tocan dos operaciones de emergencia con casos de peritonitis aguda. Me concentro para no hacer de esto un lío enorme, y me paso casi tres horas en cada quirófano.

Para el medio día, me encierro en la sala de descanso con mi almuerzo en una bandeja de plástico.

Corto un pedazo de salmón y lo enrollo en pasta con salsa de hongos y perejil. Miro un punto fijo mientras como, y me maldigo una y otra vez al volver a recordar lo que ocurrió anoche.

¿De verdad ha estado mal mirar? Ellos no parecieron darse cuenta de que mostraban un espectáculo hacia mi ventana. No me odiaré por ello, sino por el hecho de que cada vez que lo recuerdo, reemplazo a esa mujer conmigo misma.

Es a mí a quien me imagino en aquel sofá, brindándole mi cuerpo a aquel hombre que parece haber salido de un calendario sexi.

Muerdo mi labio inferior mientras vuelvo a aquella fantasía, cargada de deseo y sensualidad. No es posible que esto esté ocurriéndome. No es posible que esté fantaseando con un hombre al que ni siquiera conozco.

—¡Olivia! –aquel grito seguido de golpes en la puerta me hacen salir de todo ese lío de pensamientos.

Me giro hacia la puerta y veo al cirujano con el que he trabajado el día de hoy. Trato de eliminar el resto del entumecimiento erótico que ha quedado en mi mente y me aclaro la garganta antes de regalarle una sonrisa.

—¿Hay algún problema?

—Le daré el alta a la paciente a la que hemos operado la semana pasada de urgencia. Me ha dicho que fuiste a saludarla el viernes y que ahora quiere despedirse de ti.

Desconocido Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora