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Argentina y Suecia entraron a la casa; ambos en un silenció sepulcral, cosa que no pasó desapercibido por ninguno de los que estaban en la sala y la cocina desayunando. España fue el primero en levantarse y acercarse a ellos, haciéndole frente a Argentina para que se detenga.
—¿Encontraron a Uruguay? Las islas no dejaron de preguntarme por él y su otro hermano desde que se fueron.— Preguntó algo impaciente. Desde que ambos se fueron tuvo que correr de aquí para allá evitando que Reino Unido se acerque a las islas, no confiaba en él. —Logre que se fueran a dormir pero... ¿Estuviste llorando? —España se Interrumpió a él mismo al ver los ojos de Argentina algo hinchados. Miro a Suecia buscando una respuesta, pero él ni se digno a mirarlo. Ambos puños estaban tan apretados que empezaron a sangrar, su mandíbula tensa y sus ojos que solo reflejaban odio y rencor no pasaron por alto para el dictador.
—Quiero que todos se larguen de este territorio ahora.— Argentina habló fuerte y claro, asegurándose que todos lo escucharan.
Todos miraron sorprendidos y confundidos al país antártico, sin entender a qué se refería. Los latinos se miraron entre ellos buscando que alguno les explique, pero nada. Lo mismo con el resto.
— Espera, ¿qué?— España abrió sus ojos sin poder creer lo que el Argento dijo.
Argentina apretó su puño y con toda la rabia que estaba acumulando golpeó una de las paredes de su casa, agrietando la pared y lastimando su mano. Levantó su cabeza y miró a todos con desprecio, empezando a temblar por la impotencia que sentía en ese momento.
—¡Agarren sus malditas cosas y váyansen de mi país!— Grito. —No quiero que intenten contactarme, ni se les ocurra enviar a sus personas aquí o no dudaré en matarlos y tampoco se atrevan a hablarme como si fueran mis malditos amigos. — Repitió.
Todo en la cabeza de Argentina estaba borroso. La imagen de sus hijos muertos no se iba de su mente, las palabras que toda su vida le dijeron se repetían una y otra vez haciendo eco en su cabeza y llegando a lo más profundo de su conciencia... no pudo evitar recordar todas las veces que su padre le dijo que él no debía ser encontrado por el resto del mundo, todas las veces que mato a miles de personas solo por él... antes no lo entendía, desde que conoció a Third Reich no le había parecido tan malo conocer del exterior, pero él era igual a su padre, recordándole constantemente que los demás solo lo arruinarían.
Ahora sabe a que se referían.
Sus hijos nunca le hicieron daño a nadie... bueno, casi a nadie... sí, tal vez Uruguay exploto uno que otro edificio cuando era chiquito y sí, Tucumán era bastante savandija, ¡pero no merecían morir!
—¡¿QUÉ ESPERAN?! — Volvió a gritar.
—¡¿Pero que coño te pasa?!, ¡¿Por qué de la nada nos hechas, eh!?
Australia se acercó a España y puso su mano sobre su hombro.
—Wait Spain... (Espera España... ) — Pidió tenso observando al Español. —His children do not come with him. ( Sus hijos no vienen con él.)