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El techo estaba borroso. Su mirada, húmeda por lágrimas que no terminan de formarse, no parecía enfocarse en nada. Su respiración era lenta, tanto que uno debía mirarlo con atención para poder ver el subir y bajar de su pecho.
Llevaba ya un rato así, despierto pero sin estar del todo presente. Escuchaba las máquinas del hospital, olía el ambiente estéril, las paredes y el techo blanco, con luces artificiales que le habían quemado los ojos apenas los abrió. Todo se sentía poco real en ese momento. No recordaba mucho, fragmentos solamente.
La sangre.
Los gritos.
La adrenalina que sintió.
El como todo se iba apagando de apoco antes de perder la conciencia.
Y ahora despertar en una camilla del hospital, con un dolor bastante molesto en el pecho. No era lo peor que había sentido. Nada se comparaba a la vez que por pelear con Estocolmo se dejó picar por la hormiga bala, y paso un día gritando peor que chancho en matadero.
La puerta se abrió.
Argentina regresó a la realidad, sus ojos, que se sentían demasiado pesados, se movieron en dirección al ruido.
Uruguay se paralizó en su lugar ni bien sus ojos se encontraron con esos familiares iris tricolor, y por un segundo olvido como respirar. Su corazón se aceleró, y sus rodillas fallaron por un golpe de debilidad al ver a su papá despierto.
Fue como sentirse un nené otra vez.
La comprensión lo golpeó unos segundos después. Las lágrimas, de alivio y alegría por primera vez en cinco días, cayeron sin que se diera cuenta.
—¡VIEJO!— A la mierda con las enfermeras y la orden del silencio, Uruguay grito tan fuerte que toda el país pudo haberlo escuchado.
—UFF!-— Argentina se quedó sin aire cuando el uruguayo se le lanzo encima, abrazándolo con una fuerza casi aplastante. —Me aplastas, pelotudo!— tenía la voz ronca y la garganta seca, solo esa puteada lo hizo toser. Pero ni así logro que su hijo se quitará de encima.
Estuvo a punto de decirle alguna crítica sarcástica, insultarlo para que se diera cuenta de que le estaba aplastando el pecho, pero entonces Uruguay lo interrumpió, con un tono tan culpable y destrozado que lo detuvo enseguida.
—P-pense... pensé que te ib-ibas a morir, viejo! Pe-perdóname! Fue mi culpa, perdóname porfavor...— las súplicas salieron sin control del chico, mientras luchaba por hablar entre sollozos y respiraciones aceleradas, sus dedos aferrándose desesperación a la bata de hospital de Argentina.
La mirada del albiceleste se suavizó al oír las disculpas imparables de su hijo mayor, reconociendo el miedo y el remordimiento en cada palabra que el otrora temerario e incontrolable Uruguay decía.
—Si yo no hubiera fingido mi muerte, nazi no salía de la montaña y a vos no te disparaban!— Verdad, mentira? A Uruguay no le importaba. La culpa lo había carcomido desde incluso antes de que la bala llegara a tocar el pecho de argentina aquel día. —Pense que te ibas a morir, yo-!