Encuentros inesperados

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A la mañana siguiente me levanté al sonar la alarma y después de elegir el listón que usaría, baje por las escaleras a una cocina vacía, sólo encontré escrito en el pizarrón del refrigerador un recado firmado por mi madre.

<<Sofí te dejamos hot-cakes y licuado en la mesa. Nos vemos en la noche, fui a ver a tu tía Lulu. Cuídate.

Mamá>>

Mi tía había tenido un infarto el invierno pasado y hace unas semanas había tenido otro, por lo que su recuperación era lenta, así que mi madre la visitaba con frecuencia. Me hubiera gustado acompañarla, pero la escuela ya había comenzado, tal vez iría el fin de semana.

Terminando de desayunar, me aliste para salir. Tome mi saco del perchero y me encaminé a la parada del autobús que no tardo mucho en llegar. Al abordar me senté el primer asiento vacío que encontré y saque de mi mochila mi libro, tenía la esperanza de al fin terminarlo. Cuando había avanzado la lectura lo suficiente para cambiar de hoja miré alrededor para ver que tanto me faltaba para llegar al colegio, no quería bajarme una cuadra después y llegar corriendo a mi clase, iba a seguir mi lectura cuando lo vi en el asiento de junto. Su cabello negro como la noche, brillaba a la luz del sol y sus inconfundibles y fríos ojos verdes me cautivaron por un instante, cuando se dio cuenta que lo observaba me sostuvo la mirada lo suficiente como para sonrojarme, nerviosa desvié la mirada hacia mi libro.

Mi concentración se había ido al carajo, ahora me invadía la curiosidad de saber qué es lo qué estaba haciendo ahí. Y no es que lo acosará cómo decía Tamara, sino que la vida solía ponérmelo de frente en situaciones siempre muy extrañas, como: antes de resbalar por las escaleras; cuando había congestionamiento en los pasillos a la hora de cambio de clases chocaba con él; o me salvaba de que me dieran un portazo o un balonazo. Y hoy se agregaba a esa lista. Era extraño verlo en un autobús, siempre llegaba y se iba del colegio en una camioneta negra con chofer. 

Mientras seguíamos nuestro camino podía sentir su mirada clavada en mí. Odiaba cómo me veía cada que nos encontrábamos, era con una mezcla entre curiosidad y fastidio que me hacía erizar la piel. Resistí lo más que pude ese sentimiento de incomodidad, clavado mi mirada en el libro sin avanzar de la misma página. Cuando faltaba una calle para llegar al colegio, me pare del asiento con mochila y libro en brazos y pedí la bajada cuidando no perder el equilibrio. Una vez con los pies en la acera, pude respirar con tranquilidad, pero al ver la hora comencé a caminar lo más rápido que pude. 

Llegué a mi primer clase casi sin aire, justo a tiempo para entrar al laboratorio de química antes de que el profesor cerrara la puerta. Mis compañeros ya estaban sentados en parejas, Tamara se encontraba con Leo y me veía con algo de culpa, le dedique una sonrisa haciéndole saber que no estaba molesta. Busque un lugar libre y me senté en la mesa del fondo del laboratorio, justo estaba acomodando mis cosas cuando la puerta se abrió, era Mateo pidiendo permiso para entrar, el profesor le pidió que buscará un lugar en silencio.

Que no sea junto a mí, que no sea junto a mí... por dios, esto debe ser una broma. 

Al parecer mis ruegos habían sido en balde, porque con ese porte tan arrogante que lo caracterizaba se encamino al fondo del salón directamente a la mesa en donde estaba yo, sentándose sin más.

La clase fue demasiado tediosa, no lograba seguir el hilo de lo que explicaba el profesor, me sudaban las manos y mi estomago pronto reventaría de los nervios que sentía al estar a tan escasos centímetros de aquel chico. En una ocasión había notado cuando lo observaba, volteo hacia mí con mirada arrogante y le mostré la lengua cual niña pequeña, él sólo susurro "molesta" y regreso la mirada al frente, cosa que intente imitar.

Cinco cosas que odio de tiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora