Dos cristales

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Con el pasar de los días mis discusiones con Karla se limitaron a sus clásicas burlas, cómo frentona, pueblerina, pulgosa, cada que nos encontrábamos en los pasillos o en la cafetería. Había intentado ridiculizarme en clase, pero después del regaño de los profesores, sólo me molestaba cuando me encontraba con ella a solas, algo que pasaba poco, por que la evitaba al máximo. En realidad comenzaba a darme igual, prefería ignorarla, aunque era complicado cuando su objetivo número uno se sentaba en cada clase junto a ti. 

Y respecto a Mateo, nos sentábamos cada clase lado a lado, porque Leonardo siempre buscaba sentarse a un lado de Tamara para platicar o trabajar con ella. En realidad no hablábamos mucho, ni siquiera en las clases dónde éramos equipo. Era complicado intentar conversar con él más de dos oraciones, ya que a cada pregunta siempre contestaba con monosílabos, aunque si me fijaba en sus expresiones faciales me era más fácil entenderle, pero su humor cambiante era algo que al final terminaba odiando.

Como la vez en que comenzamos a hablar sobre nuestros padres y yo comenté lo molesto que era que mis padres aún me hicieran pedirles permiso para ir a algún lado; cuando Mateo se levanto de la banca del patio diciéndome "molesta" para irse sin más, ante los reclamos de Leonardo. A la clase siguiente se sentó a mi lado cómo siempre y no me hablo hasta dos días después, a veces él era el molesto.

Y otras veces lograba hacer que sintiera mariposas en el estomago. Cómo cuando estaba en la biblioteca intentando alcanzar un libro enorme de química que estaba en la ultima repisa, aún parándome de puntillas apenas alcanzaba a rozar el lomo. De pronto una mano de deslizo desde atrás de mi hombro, subiendo por mi brazo hasta mi mano, para después sin esfuerzo alguno tomar el libro y hacerme girar para quedar de frente a él, sentía mi corazón latir al máximo al tenerlo tan cerca.

Me sonreía con cierta calidez que le llegó a la mirada, tomó mis manos colocando con suavidad el libro en ellas, acortó aún más la distancia entre ambos, "ten más cuidado, no quiero que te hagas daño" me susurró, para después irse sin más, dejándome bastante aturdida, pero cuando nos reencontramos en clase ni siquiera me volteo a ver.  

Caso contrario de Tamara y Leo, a quienes veía cada vez más juntos, me preguntaba cuándo dejarían la farsa de que sólo eran amigos y se convirtieran en novios oficialmente. El único que no veía con buenos ojos esa relación era Ricardo, el primo de mi amiga, ya que argumentaba que Tamara no debía de relacionarse con gente de un nivel inferior, porque era la heredera de una gran empresa que no tenía caso que se relacionara con alguien con el que no podría tener un futuro, ya que su obligación era casarse con el hijo de alguno de los socios de su empresa, así que cada vez que podía se llevaba a su prima a la salida argumentando que sus padres tenían cenas o eventos de negocios. Pero Leonardo desde hacía varios días insistía en llevar a Tamara a su casa, ganando esa batalla poco a poco. 

Mientras que Irene se sentaba cada clase junto a Arturo, el chico nuevo de la escuela, y durante los descansos a veces se juntaban con nosotros a comer pero la mayoría del tiempo eran ellos dos solos como en su burbuja.

A quién cada vez conocía más era a Leo. Ya que,b  a diferencia de su amigo, Leonardo era un libro abierto, en las pocas semanas que tenía de conocerlo me había contado mucho sobre él. Su historia era cómo de novela.

Leonardo, había pasado gran parte de su infancia en un orfanato debido a que fue abandonado al nacer. Pese a las carencias con las que vivía en aquel lugar, por las anécdotas que nos cuenta, siempre ha sido un niño alegre y ocurrente además de ser extremadamente travieso. En el orfanato se llevaba bien con todos y llegó a ganarse el cariño de una joven enfermera llamada Amelia, la cual se convirtió en quien le ayudaba a salir de los problemas en los que se metía. 

Cinco cosas que odio de tiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora