Maxwell: la vida sigue

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El contexto era no poder olvidar lo vivido. El desenlace, en el que Max vivió conmigo hasta su final, no estuvo marcado por la cantidad de escritos, sino por lo apropiado que fue recordar sus inicios.

En mis momentos de ira, arrancaba mis pensamientos y desechaba hasta lo más preciado. Así emergía mi peor versión; la gente temía mi rostro. Las memorias, desbordadas, no cabían en mi mente, llenas de lo que pude haber hecho.

Días después, el humo terminó por cubrir el mundo, y en ese instante, la gente cambió; se volvieron doblemente terribles. Se dijeron muchas cosas que, en su momento, me negué a entender.

Perder a tu única familia y seguir adelante en un mundo que insiste en su existencia... No había en mí ninguna intención de acabar con todo, aunque mi mente parecía querer lo contrario. Mis sueños ya no eran los mismos. Se repetían una y otra vez: como una película dañada en la que Max siempre aparecía, gritando mientras el humo lo consumía. Las personas que quedaron siguieron adelante; tenían algo por lo que sobrevivir.

El mundo se unió de formas inesperadas. Desigualdad, poder, racismo, todas esas diferencias quedaron de lado para que sobrevivieran juntos. Pero, al observar, todo parecía una "pantalla": un acto hipócrita. Lo que veía era un ciclo infinito de mentiras y sonrisas falsas.

Sobrevivir a lo que no sabemos cómo resultará empieza por dejarse caer profundamente, sufrir hasta el punto más alto. Dejarse llevar por la marea, sabiendo que habrá temporadas malas, días en los que tus manos no responderán y tus pensamientos buscarán refugio en la comodidad del caos, en hábitos autodestructivos. Tus ojos se fijarán en una sola dirección, incapaces de reaccionar correctamente. Debería levantarme de nuevo, aunque mis pies quieran otra cosa. A veces, el hueco parece preferible a la oscuridad, y la vida se siente gris como el grafito sobre una hoja.

Los días pasan mientras la necesidad consume la voluntad amargamente. Las calles están sucias, los postes corroídos por la indiferencia de la gente, y el polvo en el aire se cuela en la boca, con un sabor casi tolerable. El aire denso y asfixiante domina el ambiente.

En mi andar, ignoro lo que sucede a mi alrededor, indiferente a cualquier acción que requiera de mí. Las calles están agitadas, la prisa constante. En medio de este caos, mis pensamientos se detienen abruptamente al ver a lo lejos una aglomeración. Entre la multitud, una chica, con ropa sucia pero con el cabello brillante, como si no hubiera sido tocada por el terror del humo. Sus ojos, más grises que el polvo, no llamaron mi atención; había demasiadas personas que necesitaban ayuda. ¿Por qué tendría que ayudarla?, me preguntaba, sumido en la extrañeza.

En medio del alboroto, una voz inesperada, suave pero decisiva, dijo: "Ayudamos incluso a los que están mal de la cabeza". Con una mirada fija, como quien apunta a un culpable, asentí en señal de agradecimiento y continué mi camino. Durante seis meses, intenté llevar una vida sencilla, en la que mi única meta era existir y nada más.

La tierra se sentía como un abismo, reclamando el vacío. Las pisadas no dejaban huellas, las sombras no existían, el viento era gris y las casas se alzaban demasiado altas.

Con el tiempo, en un destello de luz que contrastaba con mi semblante sombrío, rechacé la idea de la esperanza, resistiéndome con lo poco que quedaba de voluntad en mi ser. El clima seco dañaba la piel bajo el sol abrasador, mi expresión se volvía más cansada. No había viento, pero a lo lejos, una figura observaba. Su semblante era alegre, con una expresión que pedía mi bienestar. Viejos recuerdos vinieron a mi mente. Era una chica alta y pálida, tan blanca como una hoja de papel. La luz del sol parecía no afectarla en lo más mínimo, y en ese momento, la tranquilidad envolvió mi alma.

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