CAPITULO XVI: el Umbral del Subconsciente

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[Interior. Espacio sin tiempo ni forma. Oscuridad líquida. Un soplo de viento que no viene de ninguna parte.]

La voz de Hiroshi —o Maxwell, como realmente se llamaba— aún resonaba en su memoria.

"Este universo, Travis... este universo hecho por una mente humana, nos ha dejado estupefactos."

Travis caminaba, o al menos eso creía. No había suelo ni cielo. Solo un horizonte que respiraba como una bestia dormida.

Recordó entonces lo que alguna vez pensó con ingenuidad:

"Los humanos hemos nacido para estar con alguien. Desde el principio. Incluso Adán, que fue creado primero, no estuvo destinado a la soledad. Cuando Dios lo vio, hizo a Eva."

¿Por qué?

La respuesta siempre se le escurría. Algún día —algún día— las preguntas que más duelen serían respondidas.

Un susurro helado cortó la nada.

—Hola —dijo una voz áspera y serena—. Al fin puedo verte. Hice todo lo posible para hablar contigo.

Una figura apareció. Un hombre de negro, sin rostro. No caminaba, flotaba en la oscuridad como una idea que se rehúsa a morir.

Travis entrecerró los ojos.

—¿Quién eres?

La sombra rio. Fue una risa seca, sin dientes, sin cuerpo.

—¿Aún no lo ves? Soy tú. O lo que queda de ti. Lo que escondiste. Lo que encerraste bajo siete llaves creyendo que así estarías a salvo. ¿De verdad creíste que alguien vendría a rescatarte? ¿Qué el amor era un refugio propicio?

Travis no respondió. Un peso lo invadía, como si el aire se volviera concreto.

Pensó que alucinaba. Tal vez era solo una conversación consigo mismo. Tal vez su mente, en un rincón olvidado del hipotálamo, proyectaba la única voz que podía herirlo.

La sombra se acercó, suave, como un abrazo de humo.

—Has sido patético. Buscando amor como un niño perdido. Persiguiendo ser amado, como si eso bastara para llenar el vacío.

Travis tembló. Algo dentro de él se quebró en silencio. Una imagen se filtró desde el pasado: Desiré. Su nombre era una herida abierta.

No había vuelto a verla desde hacía años. Ella siguió adelante. Él, no.

Pero no era deseo lo que lo ataba, sino un arrepentimiento profundo, enterrado, con forma de culpa. La sombra lo sabía. Y lo reclamaba.

—Cada paso que no diste fue una puerta que no abriste. Y cada puerta cerrada te alejó de ti mismo. ¿Lo entiendes ahora? No eres uno. Nunca lo fuiste. Los Doce que llevas dentro... son tú.

Travis cayó de rodillas. El vacío no lo sostenía.

Aceptarlo... dolía.

—Aceptarlos es aceptarte —continuó la sombra—. No hay amor que te salve si no te amas. No hay salvación si tú mismo eres la prisión.

Entonces, el corazón de Travis se abrió —como una caja que alguien había dejado descuidadamente entreabierta durante años. Y en su centro, aún palpitaba una esperanza dormida.

Una luz. Un nombre.

Estrella.

El Adiós que Faltaba

[Interior. Subconsciente. Último vestigio del mundo interior que Travis había creado para ella.]

Desde lo más profundo de sí mismo, Travis sabía una verdad que no podía maquillar con luz ni poder:
el amor por Estrella... Desiré... nunca se fue.

Un CortoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora