En los confines del universo, lejos de cualquier galaxia conocida, Estrella envió su última esperanza a través de un ave mensajera. Cargada de remordimientos y con palabras que jamás podría pronunciar en persona, dejó una carta escrita con tinta indeleble en el tiempo.
Un milenio antes de nuestra línea presente, en un rincón del cosmos donde la conciencia se fragmenta entre lo que se desea y lo que se debe abandonar, Estrella plasmó su despedida. Sabía que para avanzar, debía dejar atrás una parte de sí misma.
En otra galaxia, en el olvidado Planeta Negro, un ave de plumas metálicas, marcada con la insignia de la Corporación Mensajera, descendió hasta las manos de Romulus. Por capricho del destino, él leyó aquella carta ajada, originalmente destinada a Travis:
*"Léela dentro de un milenio, Travis.
Aún recuerdo el día en que te conocí. Tu brillo era genuino, tu mirada me pertenecía, y los momentos que compartimos fueron algo que jamás imaginé reales. Por eso, dupliqué mi conciencia. Creé otra versión de mí, una que te ama. Sé que me odias por la herida que dejé en la grieta. Sé que fui la causa del caos y el despojo.
Pero ella, mi otra yo, vive por ti. Guarda los recuerdos de cuando nuestros corazones se encontraron y fuimos felices. Para ella, esto es una oportunidad. Es egoísta, lo sé, pero ya no puedo salir de la Orden. Estoy bien, pero necesito que cuides de ella.
Cuando leas esto, habrá pasado un milenio. Solo quiero que me ayudes a fingir mi muerte, a dejar todo atrás. Esta carta es lo último de mi conciencia. Mi otro yo aún siente lo que yo decidí enterrar. Y quiero que le des el cierre que yo no pude."*
Romulus leyó en silencio. Luego, sin dudarlo, destruyó la carta.
— No se nos permite sentir. No en mi familia. No en mi grupo.
Se quedó solo, sumido en pensamientos de tiempos remotos. En la era posterior a la Gran Colisión, cuando él, uno de los primeros seres pensantes, surgió de la oscuridad. Fue testigo de la creación del universo. Su cuerpo se volvió indestructible ante la magnitud del estallido. Al principio, creyó que su único propósito era observar, pero al intervenir, fue venerado como un dios. No era lo que buscaba. Se dedicó a estudiar la vida, a clasificarla, a numerarla. Un error. Porque pronto comprendió que el infinito no podía ser cuantificado.
Fue entonces cuando apareció Anam, aquel que se volvió codicioso al seguir su ejemplo. ¿Era eso un pecado suyo? No lo sabía. Pero sí entendió algo: su verdadero rol no era ser un espectador, sino un guía. Un padre.
Romulus convocó a Goryo y Aria.
— Encuentren a la que nos ha mentido por milenios. Tráiganla ante mí.
Goryo sonrió, aunque nadie pudo verlo. Aria simplemente asintió.
En otra parte del universo, en el Espacio del Miasma, Travis despertó de un sueño olvidado. Una carta temporal apareció ante él. Sabía que desaparecería en cuanto la leyera. Era de Estrella.
Los recuerdos que creía enterrados resurgieron. Se preguntó si debía interferir en su vida... o ayudarla a desaparecer. Después de todo, ella había confesado su verdad.
Se puso de pie y saltó a una grieta. La Esfera, su creación, absorbió los recuerdos que le causaban dolor. Se sintió vacío, como si el sufrimiento se hubiese detenido en un solo punto sin esparcirse. Y lo aceptó.
Ante aquel cierre abrupto, Travis observó cómo el velo de oscuridad caía. El Miasma se agrietaba, desmoronándose junto con sus pesadillas. Y sonrió. No de tristeza, sino con la templada serenidad de quien al fin encuentra la paz.
Mientras tanto, en otra galaxia, Goryo y Aria se preparaban para la caza.
— Esto nos viene perfecto —dijo Goryo—. Primero eliminamos a la real. La otra, la que sigue a Travis, será nuestra herramienta.
Aria, convencida, asintió.
— Busquemos el Miasma. Es la única arma que nos lleva a la mortalidad. Y una vez lo tengamos, seguiremos las reglas humanas: despojarlos de sus cuerpos... y sellar sus almas.
Estrella, la entusiasta seguidora de los pasos de Travis, regresaba a su hogar cuando dos sombras aparecieron fugazmente ante ella, desvaneciéndose en un parpadeo. Sin dudarlo, saltó y desenvainó dos dagas tan resplandecientes que parecían capaces de cortar la misma realidad. En un instante, un choque de fuerzas desató una explosión de tal magnitud que arrasó por completo el planeta habitado donde se encontraba.
Desde la distancia, Goryo y Aria observaron cómo la colisión despedazaba el planeta junto con sus lunas, desestabilizando su órbita y desencadenando una catástrofe cósmica. El impacto fue tan brutal que los planetas vecinos también fueron destruidos en una reacción en cadena, generando una explosión tan vasta que ambos fueron arrastrados sin remedio a un agujero negro cercano, quedando atrapados en su confinamiento infinito.
Entonces, Travis apareció, emergiendo en el caos, con una sentencia inquebrantable:
— Aquellos que se atreven a dañar lo que es mío están condenados a la muerte eterna en el abismo de la destrucción infinita.
Con un gesto implacable, Travis encerró a Goryo y Aria en una Esfera de Miasma, un dispositivo creado para recrear el tormento sin fin, atrapándolos en un bucle eterno de desesperación y aniquilación.
Sin embargo, Aria, la astuta, duplicó su existencia y apareció a espaldas de Travis, sujetándolo del cuello con una presión despiadada.
— Libera a Goryo —exigió con una sonrisa cruel.
Pero Travis, esbozando su propia sonrisa, respondió con calma:
— Lo que estás sujetando no soy yo... solo es una proyección de mi pensamiento. Mi verdadero propósito era aislar a Goryo.
En un instante, su cuerpo proyectado se disipó en el aire. Aria, furiosa por el descaro del engaño, comprendió que había sido superada. Pero con una reacción feroz, utilizó toda su fuerza para empujar la prisión de Goryo al extremo de la galaxia, ocultando su ubicación.
Sin perder tiempo, Aria se preparó para la caza. Su objetivo: Estrella.
Con un parpadeo, localizó a la duplicada escapando, debilitada pero aún decidida a no caer en sus manos. Se enfrentaron en una batalla sangrienta, sin tregua.
En un instante, Aria embistió a Estrella por la espalda, generando una onda expansiva que quebró su columna con brutalidad. La dejó inmóvil, tomándola por el pecho y el cabello, y extrajo sus dagas con la intención de arrancarle el corazón.
Pero Estrella, con un último vestigio de fuerza, perforó el abdomen de Aria con una de sus propias hojas. Recuperándose en el acto, ambas se sumergieron en un combate de pura fuerza bruta: puño contra puño, patada contra patada, golpe tras golpe.
Los nudillos de Aria comenzaron a desgarrarse por la intensidad del combate. Se dio cuenta de que la lucha cuerpo a cuerpo no era su fuerte. Entonces, sacó una espada resplandeciente, una reliquia forjada con la luz de una estrella recién nacida, y con un solo movimiento la incrustó en el muslo derecho de Estrella, fracturándolo al instante.
Pero Estrella no se detuvo. Aprovechó la apertura y asestó un golpe devastador en la quijada de Aria, dislocándola. No era el primero. Era el quinto golpe certero en el mismo punto, con el mismo ángulo, quebrando su resistencia.
Ambas estaban al borde del colapso, con huesos fracturados y cuerpos destrozados. En medio de su agotamiento, una grieta se abrió en la distancia. Desde las sombras, Travis apareció tras Aria, sujetándola con una fuerza implacable, estrangulándola sin piedad.
Sin embargo, desde un punto aún más lejano, Romulus observaba.
Con un simple movimiento de sus palmas, una onda expansiva sacudió el espacio, dejando a todos inconscientes.
Su poder era tan descomunal que, si así lo hubiera querido, podría haber hecho estallar sus cerebros al instante.
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Un Corto
RandomTravis se encuentra atrapado en un profundo dilema interior: superar el recuerdo de Estrella, una figura que marcó su vida incluso años después de su separación. Aunque el tiempo ha pasado, las emociones no han cicatrizado. Esta historia es el recor...
