CAPITULO XIV: Aquí Donde la Realidad nos Olvido

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Un rincón del cosmos sin nombre.

Allí, donde la luz se disuelve antes de nacer, Travis y Estrella(D) flotaban ocultos, más allá del alcance de toda proyección estelar. Una luna sin órbita les servía de refugio: su superficie no brillaba, no emitía señales. Era invisible, como ellos deseaban ser.

Estrella(D) contemplaba el cielo inmóvil, y Travis —a su lado— no decía nada. Por fin tenían algo parecido a un momento de paz. Pero en el fondo, sabían que era una ilusión que no podían sostener mucho más.

—¿Sabes lo que odio de este lugar? —murmuró ella.

—¿Qué?

—Que me hace sentir real. Como si pudiera quedarme contigo y que eso bastara.

Él no respondió. Solo deslizó una mano por su espalda. Por una vez, no tenía miedo de tocarla. En ese espacio robado al universo, sus cuerpos se comprendían sin palabras.

Travis sabía que no podían quedarse.

Sabía que Estrella(D) no era toda Estrella. Era un fragmento, una proyección creada para ocultar los secretos que la Verdadera había enterrado en sí misma. Pero la miraba... y la deseaba realmente.

En algún lugar del Vínculo, más allá del tiempo, algo despertó.

Una grieta invisible en la estructura del cosmos comenzó a expandirse. El vórtice que había contenido a Goryo se había roto. Y aunque no todos lo entendieron al instante, todos lo sintieron.

Los Pensantes.
Los planetas conscientes.
Incluso las estrellas jóvenes.

El universo tembló. Pero no con violencia. Tembló como si hubiera recordado algo olvidado.

En el Núcleo de los Archivos Fractales, Rigo abrió los ojos.

—Volvió —dijo.

Estaba solo. Pero no hablaba para otros. Hablaba para las posibilidades.

El retorno de Goryo era una señal. El momento que había estado esperando. Porque si el caos podía reescribirse, entonces también podía encontrarse lo que había sido enterrado: la Verdadera Estrella.

Y si la encontraba...

—Travis... —susurró—. Tú no eres el objetivo. Solo lo que llevas dentro. Lo que puedes hacer. Lo que puedes soñar...

Ya había empezado a mover sus piezas.

En la nave Silente, orbitando una estrella muerta, Sato deliraba.

Su cuerpo maltrecho no podía seguir el ritmo de su mente. Pero sus manos seguían dibujando, escribiendo, esculpiendo ideas sobre superficies invisibles.

Travis le había enviado un fragmento de sueño.

Y Sato —como constructor de imposibles— entendió:

—Necesito tiempo. Pero lo haré. Crearé algo que pueda desafiar a Romulus.

Romulus...

Había sido el primero.

Cuando el primer planeta fue completado, y su alma se disolvió en el firmamento, una parte de su esencia quedó libre. Fue esa chispa la que dio forma al primer Pensante: Romulus.

Aquel que lo vio todo desde el principio. Que no quiso intervenir, pero que con el tiempo entendió que el equilibrio no bastaba.

Romulus deseaba pureza.

No por crueldad, sino por agotamiento. Había visto mil civilizaciones nacer y morir. Había visto la risa convertirse en guerra, y el amor en dominación. Vio el alma... y decidió que era el error.

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