CAPITULO XV: Los doce

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—¡Desiré! —fue lo único que salió de los labios de Travis.

Pero no era solo una palabra. Era un grito nacido desde lo más profundo, un cúmulo de silencios acumulados, una resiliencia contenida que finalmente estallaba y abrazaba cada fibra de su ser.

El programa comenzó a distorsionarse. Ella se alejaba. Y el mundo... el mundo se diluía en un punto cero. Solo quedaba él, atrapado en su propia mente. Todo se congeló por un instante: como si el tiempo se hubiera detenido, como si una película quedara en pausa. Luego, el universo retomó su curso, desordenado y confuso. Goryo se acercaba con una expresión inquisitiva.

—¿Qué te pasa hoy, Travis? Estás... distinto. Es hora de comenzar la guerra.

En un parpadeo, el micro universo entero cambió de rumbo. Las ideas se hicieron materia. Una nave emergía del horizonte estelar. Romulus descendía con una imponencia inquebrantable. Hiroshi que el nombre del coloso de hierro, vibraba de energía contenida. Rigo, paciente, aguardaba su momento.

Todo convergía en sombras y penumbras. Un silencio denso invadía aquella vasta estrella, donde las ruinas flotaban en pedazos, la tierra era un desierto suspendido y el agua danzaba sin gravedad, tan libre como un viento que no existe, pero cuya presencia se intuye.

Un estruendo. Romulus dio el primer paso. Y los confines del universo temblaron.

Goryo afiló todos sus sentidos. Hiroshi desplegó al coloso: una creación que le tomó siglos diseñar. Era su obra maestra, nacida de su talento más puro, un clímax de invención destinado a enfrentar al más temible. Lo había estudiado durante generaciones. Y ahora, su momento había llegado.

Goryo, con todo el conocimiento del cosmos y la perspicacia que lo definía, estaba a punto de desatarse.

Mientras tanto, en otra nave, Aria y Targus observaban el caos que se avecinaba. Conversaban sobre Travis y su amor profundo por Estrella. Aria se debatía entre razón y emoción. Targus, en cambio, había abandonado la lógica el día que decidió acompañar a Romulus.

—Este complot entre dioses —dijo—, esta ilusión del orden... nada de eso trasciende tanto como los lazos que formamos. Los sentimientos no mueren. Quedan encapsulados en el tiempo, deliberando. Porque al final, lo que nos hace eternos no es el poder, ni la razón. Es el amor. Es la elección de sentir, aun cuando todo lo demás se derrumbe.

El cielo se partió en líneas rojas.

No era un estallido casual. La guerra no comenzó con una alarma ni con una orden. Comenzó como un suspiro contenido por demasiado tiempo, una suma de decisiones que ya no podían sostenerse. Todo estaba dispuesto: el escenario, los actores, los resentimientos.

Romulus arremetió primero. Imponente, con una calma tan antinatural que hería la mirada, cruzó la arena suspendida del planeta sin nombre. Su silueta recortada por el resplandor de una estrella moribunda se alzaba como una sentencia.

Sato lo esperaba. No con miedo. Con algo más cercano a la comprensión. Él había diseñado su artefacto para este encuentro, un enjambre de máquinas vivas que zumbaban en torno a su cuerpo. No eran armas. Eran pensamientos sólidos. La ingeniería de un soñador que había decidido desafiar a un dios.

—No eres invencible —le dijo.

Romulus no respondió con palabras. Se lanzó como si el universo le debiera silencio.

A lo lejos, Sato descendía sobre un promontorio quebrado. Con una señal activó su coloso(Hiroshi) . No era solo metal. Era historia comprimida, geometría emocional. Un testamento.

Sato y Romulus colisionaron. El mundo, por un instante, olvidó que existía otra cosa que no fuera ese choque.

En otro momento, pero diferente realidad

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