Capítulo Dieciocho.

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Saliendo del ascensor, Christopher  apretó las fotografias del predio donde se construiría el nuevo proyecto que había aceptado realizar, las cuales le habían sido enviadas hacia unos momentos. Pasando frente al escritorio de su secretaria, frunció el ceño al no ver a Cindy en su puesto. ¿Por qué rayos se molestaba en pagarle a la mujer si no era capaz de mantener su trasero en su jodida silla y atender el lugar por él cuando debía salir? Sacudiendo la cabeza, se dijo a si mismo que tendría una seria conversación con ella en cuanto volviera de donde sea que se hubiese metido.

Entrando a su oficina, cerró la puerta detrás de él y se detuvo. Había algo extraño allí, lo sabía sin molestarse en mirar alrededor, simplemente algo fuera de lugar. Inclinando la cabeza a un lado, ni siquiera tuvo que mirar demasiado para encontrar lo que no debía estar allí.

—¿Niños? ¿Que hace aquí?

Felix, quién estaba sentado en el suelo frente a la mesa baja que se instalaba entre el juego de sofas, levantó la mirada del papel donde estaba escribiendo y lo miró—. Volviste —sonrió—. No sabíamos si lo harías, pensamos que te habías ido a casa ya.

Mirando más allá del moreno, se percató de que Sungie no solo estaba recostado en su sofá, sino que por sus ojos cerrados, estaba completamente dormido.

—Él no durmió mucho anoche —Felix respondió sin tener que hacer la pregunta, dandole una mirada preocupada a su hermano—. Se estresa con facilidad, lo que le quita el sueño y produce que siempre este cansado.

Aun aturdido por la presencia de sus hijos allí, se acercó con paso lento y se sentó a su lado en el suelo, acariciando el oscuro cabello del joven sin poder detenerse—. ¿Por qué está estresado?

—A Sungie no le gusta que las personas griten, a mi tampoco me gusta, pero él siempre tiene más problemas cuando eso sucede.

Christopher  se sintió horrible al instante—. ¿Hubo muchos gritos mientras crecian?

Sus delgados hombros subieron y bajaron—. Las personas a veces se enojan si les pides dinero.

—¿Pedir dinero? —susurró, intentando que su mente no pensara lo que era obvio—. ¿A quién le tenias que pedir dinero, ángel?

—Eso variaba —movió el boligrafo entre sus dedos—. Nos llevaba a distintos lugares, me gustaba ir a la iglesia, la gente era más amable allí y casi siempre traíamos dinero suficiente para no enojarlo. —su ceño se frunció—. Pero los restaurantes eran malos, los hombres con traje odian que los niños sucios toquen su ropa para llamar su atención. Ellos te empujan y a nadie le importa si te lastimas al caer.

—¿Te lastimaron alguna vez?

Oscuro cabello cayó sobre sus ojos cuando negó—. No, no más que algunos raspones. —susurró—. Pero hubo una vez, un hombre me empujó fuerte cuando quise llamar su atención, Sungie se enojó y lo empujó de nuevo. El hombre golpeó a Sungie en el rostro, muy fuerte y sus labios... —hizo un gesto a su boca, como si no pudiera encontrar la forma de explicarlo bien—. Había mucha sangre, estaba dentro de su boca, por su barbilla y en sus dientes, fue horrible.

Las manos de Christopher  se apretaron entorno a la carpeta, intentando no desatar la ira creciente en su interior con la primer pared a su disposición—. ¿Que edad tenian?

—No sé, cuatro o cinco, no puedo decirlo con exactitud. —lo miró, tanto dolor grabado en sus ojos azules—. ¿Sabes que fue lo peor de todo?

—¿Que?

—Había una familia allí, una con un niño pequeño como nosotros —susurró—. Y ellos no hicieron nada, papá, dejaron que nos lastimaran y nadie hizo nada. Nadie nunca hacia nada por nosotros.

Tu Mirada en Mi - Minchan Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora