Izuku es un joven mago en un reino que prohibe la magia. Pero su corazón de oro y su necesidad de ayudar a los demás pone su secreto en peligro constantemente, sobretodo en una aldea tan pequeña. Por ello viajará lejos de su tierra natal para tratar...
Cuando llegó al bosque, Aizawa se dirigió hacia el oeste. Aunque no había estado ahí en años, la memoria era algo fascinante, pues podía recordar exactamente en qué momento girar o cuando doblar para llegar a su destino.
Llegó al final del camino casi en modo automático y sin parar. Pero en cuento estuvo frente a la cascada, titubeó.
A simple vista, era una cascada común y corriente, pero el pelinegro sabía que detrás de toda esa agua en movimiento había una gruta. Una que hace mucho tiempo, antes de que la guerra explotara, fue un escondite muy especial....
Fue nuestro escondite...
Tardó unos minutos, pero finalmente se decidió y se adentró sin mirar atrás.
El agua lo empapó por completo, pero con un simple hechizo secó sus prendas. Pese a eso, no se pudo sacar la sensación de humedad de encima.
Dentro, las plantas provenientes del exterior se habían apropiado de todo el espacio y algo del agua también se había filtrado facilitando el crecimiento de la flora silvestre.
Aún así, las cosas que habían dejado, seguían ahí tal como las habían dejado.
A la derecha habían cuatro camas improvisadas y algunos juguetes regados por el suelo. Pero mientras más se acercaba, más notaba los estragos del tiempo. Aunque en algún momento esas camas tuvieron unas mantas tan suaves como el algodón, ahora no tenían más que trapos viejos corroídos por la humedad y el tiempo.
A la izquierda, en la pared aún se notaban marcas de los estragos que habían hecho sus hechizos fallidos. El recuerdo casi le saca una sonrisa al pelinegro, pero se borró rápidamente cuando pisó sin querer algo en el piso.
Junto a un par de dibujos y planos mal hechos regados en el suelo habían unas gafas de madera que reconoció al instante.
Oboro...
Aizawa negó con la cabeza, no podía dejar que eso lo atormentara ahora, ni distraerse con esos pensamientos, así que guardó cuidadosamente las gafas dentro de su túnica y caminó hasta el fondo de la gruta.
Un muro de piedra señalaba el fin del camino, y aunque ahora había algo de agua filtrando, lo que estaba buscando aún estaba ahí.
Talladas con cincel sobre la piedra, habían cuatro marcas.
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Nerumi..
Hizashi...
Oboro...
Enumeró mientras tocaba delicadamente las runas hasta llegar a la que él había hecho.
El pelinegro estaba empezando a pensar que fue una mala idea ir allí, aún le eran dolorosos esos recuerdos...Pero, lo cierto es que nnecesitaba respuestas, y no podría encontrarlas en otra parte. Así que tomó aire antes de tocar la marca de Nerumi e imbuirle magia para averiguar su ubicación.