Capítulo 1

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Creo que nadie describiría mi piso como uno muy rutinario. Con tres personas de veinte años deambulando es un poco complicado que caiga en el aburrimiento. Y, sin embargo, una vez a la semana, yo me planto en el salón e inicio la misma conversación.

—Chicos... necesito un cambio en mi vida.

Arni, mi mejor amigo y perpetuo compañero de piso, levanta la cabeza del portátil. Su cara es la viva representación del hastío más absoluto. Al principio me molestaba, pero después de dar la misma charleta diez veces... sí, creo que puedo empezar a entenderlo.

—¿Y qué quieres hacer esta vez? —pregunta—, ¿voy a por un tinte de pelo?

—No, no. Con lo que me ha costado recuperar este color...

—¿Entonces?

—Es otro tipo de cambio, Arni.

Vivimos juntos desde... bueno, no sé cuánto hace. De forma oficial, nos mudamos nada más cumplir los dieciocho años. De forma extraoficial, más jovencitos ya nos pasábamos la vida en casa del otro. Supongo que, por eso, nos comportamos más como hermanos que como amigos.

La confianza, que da asco.

Arni —que en realidad se llama Arnau, pero solo acepta que lo use cuando me cabreo con él— sigue tecleando mientras me mira fijamente. Lleva tantos años usando el portátil que se puede permitir esas cosas sin equivocarse, pero a mí me parece un poco perturbador.

—¿Y a qué te refieres? —insiste—. ¿Quieres irte por el mundo de mochilera?, ¿aprender un idioma nuevo?, ¿volver a la universidad?

—El nivel de desesperación nunca llegará al nivel de querer volver a la universidad, Arni.

—Creo que se refiere a algo más espiritual —comenta Felipe por la cocina.

Oficialmente, Felipe es el novio de Arni. Extraoficialmente, también es un poquito mi pareja. No en el tema de hacer guarradas —lo planteamos una vez, borrachos, pero la cosa no salió muy bien—, sino en lo referente a la dinámica. A veces, me siento como si estuviera casada con ambos.

Una vez mi madre me preguntó si Arni no se ponía celoso de mi relación con Felipe y tuve que contenerme para no contarle que fue precisamente él quien propuso el trío. Fuimos Felipe y yo quienes no pudimos completarlo. Era raro. Como hacer cosas feas con un hermano. Empecé a poner mi cara de asco y ya no pude seguir.

Ellos, por cierto, son bastante diferentes: Arni es bajo, de hombros y caderas anchas y cara redonda, mientras que Felipe es alto, delgadito y de cara alargada; Arni viste todos los colores habidos y por haber, Felipe suele escoger cosas que no llamen la atención; Arni es la clase de persona que le exigiría a un camarero que le cambiara una copa por una manchita, Felipe el que se comería un plato equivocado con tal de no meterse en un lío.

Pese a todo, hace ya cuatro años que están juntos. Se conocieron en el instituto y, no es por ponerme medallitas, pero los presenté yo misma. Felipe iba a clase de interpretación conmigo y Arni se quedó pillado al instante. Empezaron a salir a la semana siguiente y, aunque yo fui de las primeras que dijo que aquello estaba siendo muy precipitado, Arni no me escuchó y siguió adelante. Si te apetece estar con alguien, hazlo y ya está. Eso me dijo. Y, honestamente, no le faltaba razón. ¿Para qué perder el tiempo?

Pensar en eso hace que me hunda un poco más en el sofá. Tiene forma de concha y lo compré en mi último bajón emocional, metida en Amazon a las cuatro de la mañana de un día laboral.

Cartas de veranoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora