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Mi habitación es... minúscula.
A ver, tampoco es que sea una marquesa, ¿vale? Pero esto es ridículo. No hay margen físico para que convivan dos personas. Seguro que, si respiro un poco fuerte, me tragaré el pomo de la puerta.
Pagaría por verlo.
La estancia es pequeña, cuadrada y hecha enteramente de madera. Los tablones crujen bajo mis pies a medida que avanzo. Davide ha dejado mis dos maletas junto a una de las camas, que están separadas tan solo por un pequeño comodín con una lámpara destartalada. Hay un ventanuco que da con la parte trasera, pero lo único que atisbo a ver es hierba y, muy a lo lejos, una pequeña línea de playa.
Por lo demás... no hay mucho que contar. Los colchones son delgados, las almohadas ridículas y las sábanas huelen a humedad. Pongo una mueca de asco y, tras dar otra vuelta sobre mí misma, me doy cuenta de un pequeño y alarmante detalle.
¡¿Dónde están los armarios?! ¡¡¡¿¿¿Y el espejo???!!!
Vaaale, que no cunda el pánico. ¡Sabía que era imposible que esto fuera tan pequeño! Hay que quitar la otra cama y poner un armario, claro.
No se me ocurre otra forma de pedir ayuda que salir y buscar a mi alrededor. Estoy en un tramo con otras cinco cabañitas como la mía, así que supongo que serán las de otros empleados. Paso de preguntarle a don tour-corriendo-y-sin-dejarme-hablar, así que no me queda otra que ir a por mis nuevos compañeros.
Me acerco a la caseta que tengo justo a la derecha. Está pegada a la mía, así que seguramente pueda oír lo que hagan sus habitantes desde mi habitación.
Qué agradable.
Subo los escaloncitos y, tras tragar saliva, llamo a la puerta con los nudillos. La melodía que se oía al otro lado se baja un poco, oigo un murmullo y, acto seguido, abren la puerta de golpe.
Y yo me encuentro de frente con un par de tetas.
Parpadeo varias veces, incapaz de mirar a otro lado, especialmente porque —por algún extraño motivo— la persona en cuestión decidió que tatuarse pétalos de flor alrededor de los pezones era una buena idea.
Como se le ponga una abeja, verás qué risas.
—E tu chi sei?
Levanto la cabeza, alarmada por haber sido pillada. Lo cierto es que la dueña de las dos margaritas no parece muy ofendida. Lleva unas bragas y una camisa de flores abierta, y esa es toda su ropa. Tiene el pelo castaño y cortísimo, la nariz redondita y los ojos grandes y de color avellana. Sus mejillas están ligeramente rojas por el sol, pero el resto de su cuerpo tiene el bronceado correspondiente a toda la gente que he visto por aquí.
—Mi capisci? —insiste.
—Eh... hola. Soy... mmm...
—Espera... ¡eres la española! —grita de repente, entusiasmada, y se le cambia totalmente la expresión—. ¡No sabía que llegabas hoy!
—Aaah...
—¡Ven aquí, no seas tímida!
Me tenso de pies a cabeza. Especialmente cuando me abraza con todas sus fuerzas y me restriega las tetas. No acostumbro a restregarme con torsos desnudos desconocidos.
Yo sí.
Mi ¿compatriota? me da un beso en cada mejilla y luego se separa con una gran sonrisa.
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Cartas de verano
Romance«No dejes que puedan contigo. Sé que la vida puede ser muy cruel, pero... también es muy larga. Todavía no has conocido a todas las personas que te querrán. Todavía no te conoces ni siquiera a ti misma. Dale otra oportunidad al mundo, ¿vale? Solo un...
