Capítulo 8

84.6K 10.4K 13.4K
                                        


8


Hoy la cosa está... incómoda.

No quiero cruzarme con Thai por vergüenza y, honestamente, si me cruzo con Stef puedo morirme directamente.

Estamos dramáticas.

Tengo relativa suerte a lo largo del día; solo los veo de lejos y ellos no me ven a mí. Sigo con mi trabajo sin hablar con nadie y me llevo alguna que otra propina de los turistas que atiendo, que nunca viene mal. Como el ambiente sigue un poco gris por los días de lluvia que hemos tenido, tampoco es que haya muchas cosas por hacer. Para un día que me encantaría tener mucho trabajo...

Mi último turno consiste en recoger las cosas de la playa y devolverlas a la caseta de las tablas. Suele ser la parte más rutinaria del día, pero hoy tengo un pequeño cambio. Resulta que me falta una de las pelotas de voleibol. No recuerdo que nadie haya jugado, así que me resulta un poco raro.

Cuando entro en la caseta, estoy tan ensimismada que no me doy cuenta de que no soy la única aquí dentro. Stef deja de limar la tabla en cuanto me ve.

Su expresión es completamente neutral, pero aun así, en medio del pánico, se me cae el flotador al suelo.

—Em... —No sé qué decir—. Hola, ¿qué tal?

Recojo el flotador, lo dejo en su sitio y salgo corriendo antes de que pueda decir nada.

Muy valiente.

Aliviada, me detengo fuera de la caseta y apoyo la espalda en la pared. Tomo una inspiración profunda. Vale, quizá estoy exagerando. Quizá para Thai no fue más que un juego estúpido y Stef no lo vio. O quizá Stef lo vio y le da absolutamente igual, que también es una opción bastante viable.

—¡Mira quién es! —La voz de Thai me provoca un respingo de alarma—. ¿Todo bien? Estás roja.

Me llevo inconscientemente una mano a la cara. Las mejillas me arden. Lo que me faltaba.

Él, por cierto, vuelve a llevar su uniforme habitual. La actitud despreocupada que suele lucir ha vuelto, también. Por su forma de hablarme, nadie diría que recuerda lo del estúpido beso. Menos mal.

—Estoy bien —aseguro con toda la calma que puedo reunir—. ¿Y... em... tú?

Thai parece un poco confuso por mi incapacidad de tener una conversación normal, pero casi prefiero experimentar esto con él que con Stef. Con Thai, por lo menos, tengo la seguridad de que podré abrir la boca y soltar algo coherente. Con don libretitas, no.

—Bien —asegura, mucho más tranquilo que yo—. Me preguntaba dónde te habías metido, la verdad. Durante el almuerzo no te he visto.

Será porque ha comido escondida en el cuartito de las escobas.

—Estaba muy ocupada —digo a pesar de que la playa está medio vacía—. Bueno..., tengo que ir a ducharme y eso.

—¿No quieres que vaya contigo?

Ya estaba empezando a avanzar, pero me detengo de golpe y me doy la vuelta para mirarlo. ¿Acaba de decir eso de verdad?

Thai está apoyado con un hombro en la caseta. Su cara es de satisfacción absoluta. La de Stef, que acaba de salir y está justo a su lado, es más bien la contraria.

Empieza lo bueno.

—E-em... —empiezo, medio en pánico.

Por suerte —o desgracia, no estoy muy segura—, Stef carraspea antes de que Thai pueda decir alguna tontería más. Este último lo contempla, alarmado, y se aleja tres pasos de la caseta.

Cartas de veranoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora