16
—¿Está muerta?
—O dormida.
—Seguro que muerta.
—O dormida.
—Eres un aburrido.
—Y tú estás psicótica.
—Calla. ¡Claudia!
Cómo odio las mañanas. Y despertarme. Y todo lo relacionado con tener que madrugar. Pero lo detesto más cuando me despiertan personas como Miki y Blanca, que son de todo menos delicados.
Mi intención es levantarme lentamente, pero descarto la opción en cuanto Yara empieza a sacudirme por los hombros. Por la fuerza que ejerce, nadie diría que mide un metro cincuenta y tiene la masa muscular de un espagueti.
—Ya estoy despierta —aseguro, alarmada—. ¡YARA, QUE YA ESTOY DESPIERTA!
Por suerte, me suelta y vuelve a incorporarse. Tanto ella como Miki y Blanca están de pie junto a mi cama. Esta cabañita no está hecha para contener tanta humanidad, así que me siento un poco ahogada.
—Es que Yara estaba preocupada —explica Miki—. Llevamos aquí un rato y no te despertabas.
Blanca asiente.
—Tardas dos minutos más y empiezo a hacerte el boca a boca.
—Como si necesitaras una excusa para juntar la boca con otra persona —comenta él.
—Al menos, yo la uso para algo interesante.
—¿Decir tonterías?
Yara empieza a hablar con gestos espasmódicos. Aunque nadie la entiende, lo dice con toda su intensidad.
Suelto un suspiro.
—¿No habéis pensado que puedo estar agotada? —mascullo.
—Es más divertido pensar que estás muerta —comenta Blanca.
—Lo que quiere decir —interviene Miki—, es que si te mueres nos pondremos muy tristes.
—Ah, sí, también.
—Ayer fui de excursión —farfullo de mal humor—. Si no os importa, me gustaría dormir todo lo que pueda. Ni siquiera ha sonado la alarma.
—Es que son las seis menos cuarto —explica él—. Mauro ha estado llamando a todas las cabañas para que nos reuniéramos con él a las seis en punto.
—¿Tan temprano? ¿Para qué?
—Para joder —asegura Blanca.
Como no quiero suspirar otra vez, opto por un resoplido y, lentamente, cuelgo los pies fuera de la cama. Me duelen las piernas. No debí forzar tanto la marcha. Puñeteras agujetas. Esto es peor que la quemada que me hice los primeros días del resort. Aunque no tan humillante porque, al menos, soy la única que lo nota.
—Vale —murmuro—. Gracias por avisarme, chicos.
—Te esperamos fuera —añade Miki.
Mientras se marchan, asiento como si alguien fuera a prestarme atención. Estoy agotada, de verdad. Puñeteras excursiones, aunque sean divertidas.
De alguna forma, consigo quitarme la camiseta y ponerme el sujetador deportivo que suelo usar bajo el uniforme. Ya estoy pasándome la camiseta cuando, sin darme cuenta, cierro lentamente los ojos.
Los abro de golpe cuando la noruega, muy simpática, vierte el agua de su botella sobre mi pobre e inocente cabeza.
—¿Qué...? —chillo, incorporándome de un salto—. ¡¿Qué haces?!
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Cartas de verano
Romance«No dejes que puedan contigo. Sé que la vida puede ser muy cruel, pero... también es muy larga. Todavía no has conocido a todas las personas que te querrán. Todavía no te conoces ni siquiera a ti misma. Dale otra oportunidad al mundo, ¿vale? Solo un...
